Carlos Ramos

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TORRE SUR PISO 25

Carlos Ramos

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TORRE SUR PISO 25

 

Desde aquí se escucha la enorme rosa de un cine  

Y yo estoy entre lo que vibra y lo apagado

Caído en esta trampa de luz y sin poder saber

Si algo ha de vivir tras el espectro de la tarde.

 

                                                                                                                Javier Sologuren.

 

El sol inició su recorrido matutino ingresando lentamente por la ventana de Alfredo.La misma que, lacónicamente, esperaba todos los días, aunque sea, el tímido trinar de un cardenal extraviado.

Lejana esperanza- pensaba- y tan cercano el día y qué larga la esperanza. La jornada será como siempre: El pregonar de la mercancía, interceptar los clientes, anunciar las ofertas y, en voz baja, pensar en ella.

Gritar la mercancía, pensar en ella, y volver a pensar en ella hasta que la voz se apague, hasta que ya no haya más día, hasta que una sombra de noche oscurezca la distancia y bifurque la agonía de no verla.

El inclemente sol ya lacera la espalda de Alfredo, y la muchedumbre sigue desplazando sus innumerables rostros frente a sus puestos de combate, pero ninguno es el de ella. Por un minuto, un día o un año, - ya el tiempo no es importante como tampoco lo es ésta vida que  estoy viviendo-, pensó- todas las lágrimas que no había derramado nunca por ninguna mujer, le asomaron en sus enrojecidos ojos y recordó su ventana matutina mientras que el sol de las 10 desdibujaba una figura que su corazón había moldeado con exquisita ternura, con indestructible fuerza, con decisión indoblegable.

En su diminuta habitación, Laura contiene los recuerdos de sus devaneos con Alfredo, su compartir diario y su obstinada obsesión en tenerla cerca como si otro beso le robara su boca. En un abrir y cerrar de ojos, inquieta, enciende un cigarrillo, toma una taza de café, recorre una y otra vez la habitación; de pronto se detiene frente a una repisa que hace de mesita de noche, y observa fijamente la fotografía que ambos se tomaron en la playa, hacía exactamente, 3 fines de semana. Con angustia, descubrió en la mirada de Alfredo una cierta agonía y tuvo un presentimiento. En su mente  retumbaron sus determinantes palabras: “Sin ti , ya no quiero la vida”. Tenía el exasperado rostro de la muerte.

Alfredo sucumbió ante los delicados ojos de Laura un día de sosegado verano y, como un rayo de luz, su mirada penetró en el océano de su corazón, tomó el néctar embriagante de sus labios, no resistieron el acoso de los besos, y se entregaron como el viento entre las ramas de los árboles.

Gritar la mercancía, gritar su nombre, ya era la misma cosa. Pero un día de marzo tormentoso, él percibió en ella el olor de la despedida y visitó solitario las grietas de la noche, las oscuras veredas y los espinosos caminos de la incertidumbre. Al amanecer, sólo el lejano horizonte se divisaba por su ventana y sintió en el pecho una desolación repentina. Encendió la radio, escuchó algunas canciones. Esa mañana el azul del cielo se tornó gris para acompañar su dolor. Ya no gritaba su mercancía: sólo su nombre.

-Laura, tu no podrá ser un montón de recuerdos inertes. Mi vida ya no será mas para  no soportar el dolor de pensarte. Si he de sufrir no será para siempre - murmuró – y emprendió el camino para encontrarse con su destino.

El desvelo de la noche, produjo en Alfredo un letargo que le impidió mirar temprano por la ventana, a la espera del primer rayo que dibujara la figura de su amada Laura en el lienzo de sus ojos. Estuvo largo rato dando vueltas en la cama y en su mente se cruzaron disímiles ideas. El techo de la habitación le parecía un cuadro de infinitas interpretaciones, de escarpados ascensos y de lluvia baja. Después de varios intentos se incorporó. Luego de ir al baño, por un momento pensó en su puesto de Buhonero, en el bullicio de la gente, en los tantos rostros que hay en la calle: los escudriñó y ninguno era el de ella.

  • Voy a llamarla, voy a decirle que quiero verla, que tenemos que hablar. Esto no se puede terminar así.

Salió a la calle a tientas. Entró a la Fuente de Soda a tomar el acostumbrado café,  el dueño del negocio bromeó con él porque iba tarde y el sólo miraba el monótono girar del ventilador. Salió en busca de un teléfono tarjetero y llamó a Laura.

  • Buenos días Laura, hola cómo estás.- Preguntó algo nervioso.
  • ¿Qué pasa, por qué me llamas?
  • Escucha quiero hablar contigo.
  • Bueno, luego nos ponemos de acuerdo.
  • No, tiene que ser ahora.
  • Estoy ocupada. Además, pensé que todo había quedado claro. Dame un tiempo, quizás después...
  • Es ahora o nunca, porque voy a cometer una locura. No me vas a ver más.
  • Es mejor hacer como ya te dije. Adiós, está ocupada.

Al otro lado del auricular del teléfono un desolado mundo se presentó ante Alfredo; el Valle de Caracas le parecía como devastado por una tormenta. Caminó lentamente, tomó un Bus y, en el trayecto, sólo pensaba en su desdicha y su dolor.

Silencioso, tomó el ascensor de la Torre Sur del Edf. Bolívar llegando hasta el piso 25, e, inadvertido alcanzó la azotea y empezó a gritar:

  • ¡Voy a lanzarme al vacío porque vacía es mi vida!. Que nadie se me acerque.

¡Hasta aquí he llegado y de aquí sólo iré al fondo del universo!

En ese momento no sabía si ofrecía la mercancía en su puesto de Buhonero o si vendía su amor a una mujer.

Se aglomeraron los curiosos, llegaron los Bomberos, la Policía, Defensa Civil, la Prensa, la Radio, la TV. La noticia corrió rápidamente por toda la Ciudad: Un hombre amenaza con lanzarse desde lo alto del piso 25 de la Torre Sur del edf. Bolívar. La causa de este acto produjo una mezcla de asombro y admiración entre los presentes: Su novia no quería verlo y él demandaba su presencia.

Se iniciaron las conversaciones con Alfredo y él permanecía incólume y decidido.

- Si ella no viene, el viento frotará violentamente mi cuerpo; porque ella es rosa que perfuma mi vida, fuente que baña mis besos, horizonte que no se pierde.

Abajo, los preparativos se intensificaban; arriba, el diálogo continuaba aunque   él persistía en su propósito.

- Díganle que muero de amor - exigía - que venga ella porque esta vida ya no es mía.

Las horas avanzaban y la exigencia era la misma: ¡que venga ella!.

Mientras tanto, Laura lo reconoció en la TV, sentado a la orilla de la azotea de la Torre Sur, sintió un demoledor vacío en el pecho y un escalofrío que le recorrió todo su cuerpo.

- Se ha vuelto loco, no lo puedo creer. No pensé que podría llegar tan lejos – exclamó.

El repique del teléfono la hizo saltar de la silla frente a la TV. Era el llamado urgente para salvar a Alfredo de una caída inminente. Al principio se negó a acudir al lugar del hecho.

  • No quiero servir de paracaídas, me está maniobrando!.

Pero después, en medio de un silencio reflexivo, una evocación del pasado le hizo experimentar una ternura indescriptible y tomó lo de su amado como un acto heroico, como una demostración de amor incontenible.

Se presentó Laura a ese pequeño espacio inventado por Alfredo, para hilar con suave seda los despojos ya casi disecados por el olvido.

Avanzaron ambos frente a frente y, cual Mar Rojo, la multitud se hizo a un lado para encontrarse ellos sobre una alfombra enmudecida, en medio de una nube de flores amarillas, que los arropó completamente, llevándolos a un nuevo mundo de ilusiones y de furtivos besos. Desde entonces, nadie más ha sabido de ellos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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