Rommel Manosalvas

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Instante #9

Rommel Manosalvas

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Tenía una ensoñación recurrente durante sus momentos de depresión. Se veía a si mismo dentro de una gruta pequeña, acurrucado en un rincón, con la espalda contra las rocas. Y hacía frío. Tanto frío que apenas era capaz de controlar el castañeo de sus dientes, que se revelaban a través de una boca agrietada del color de las cenizas o del granizo. Y a pesar de que era una ensoñación, y que no existía ni el frío, ni la piedra áspera de la caverna clavada en sus costillas, sentía como lentamente su mente iba realizando el trabajo meticuloso de envolverlo con aquella imagen.
¿Dónde estoy? ¿Qué es este lugar?
Entonces se giraba lentamente como en un sueño y veía que un mendigo harapiento se arrastraba hasta él. Un mendigo que en realidad era un hombre cubierto con la inmundicia del mundo, el mismo mundo que le había escupido a él al interior de aquella gruta hedionda, el mismo mundo que se había olvidado de él.
Y llegados a este punto no importaba realmente la apariencia del mendigo, que podía ser la de cualquier mendigo en cualquier ciudad de este enorme planeta, pero para el muchacho, arrojado dentro de aquel recinto mísero, era como la personificación de todo lo que está roto, de todo lo que a nadie le importa, de todo aquello que es invisible aun estando a la vista de todos. Aquel hombre era los vómitos y las mierdas, los sumideros de todas las ciudades de Latino américa y del continente americano, y del mundo en general. Era la manifestación hecha carne de la putridez y la miseria humana, como un jardín de corrupción donde han plantado todo aquello que nadie quiere, para que sea devorado por el tiempo, o por seres sin rostro de quienes todos se han olvidado.
Sin embargo, a pesar de todo esto, el mendigo no desprendía olores insoportables, sino más bien, parecía no oler a nada en particular. Quizá un poco a tierra o a lluvia, pero a nada más. Ni siquiera a sudor, lo cual era extraño porque él, por otro lado, desprendía un hedor horrible.
Y en tanto se daba cuenta de su propio aroma, y de su propia existencia a través del olfato y de la piel, que son las dos únicas maneras de sentir de verdad, más que con los ojos, se percató también de que el mendigo llevaba una flor cubierta de rocío en la mano, y que mientras se iba acercando, se la extendía como si se tratase de una ofrenda, una prueba de la bondad que aún existe en el mundo.
Y el muchacho aceptó la flor y a cambio, le entregó una navaja, y le pidió que le cortara las venas y que fuese presto, porque él no tenía el suficiente coraje para hacerlo por sí mismo.
Y el mendigo así lo hizo, y eso también era bondad.

3 comments, agrega el tuyo.

Correccionesadc

Hola, Rommel. Interesante tu cuento. Hay palabras que no es necesario repetirlas. Éxitos.

Reyna Lora

Muy buena narración, gracias por compartirla!!! Saludos ^_^

    decomoescribir.com

    Gracias por los comentarios, Reyna, ¡y concuerdo contigo!

    -Sol, editora.

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