Octavio Perez Sanchez

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La labor divina de escribir

Octavio Perez Sanchez

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–Voy al encuentro, por la millonésima vez, de la realidad de la experiencia y a forjar, en la fragua de mi alma, la conciencia aún por crearse de mi estirpe.

Éstas son las palabras de Stephen Dedalus, el protagonista casi autobiográfico de la novela, Retrato del artista adolescente. Al igual que cuando T. S. Eliot se dirigió a Ezra Pound, en la dedicaoria de La Tierra Baldía, como il miglior fabbro (el mejor artesano), Joyce alude, con el nombre de su personaje, a dos figuras que él asocia con un artista; San Esteban (el primer mártir del cristianismo) y Dédalo (al artífice griego). Para Joyce, el rol del artista, del escritor, es el de vocero cuyo sacrificio consiste en crear un puente entre la generación por la que habla y lo divino.

Un rol muy similar a éste aparece en una de las primeras tradiciones de expiación. Hablo de aquella en la que el pueblo escoge dos chivos de entre el ganado, sacrifica a uno y se reúne entorno al otro. Uno a uno, le confiesan sus pecados y con ello se deshacen de su culpa, transfiriéndosela al chivo. Ya que han terminado, el chivo es exiliado al desierto a morir. Con su sacrificio se apacigua la ira divina y el pueblo es salvado.

El pueblo escoge al par de chivos para evitar sacrificar a uno de su propio grupo. Como chivo expiatorio, escogen al más resiliente, pues la carga que van a depositar sobre él –las culpas de todos en el pueblo– no la puede soportar cualquiera. En su espalda va a llevar el futuro del pueblo. Sólo él puede interceder por todos ante lo divino y conseguir la expiación. Es eligido desde pequeño y esta elección cae sobre él como una marca que lo separa y le otorga un destino mayor. La designación misma lo hace fuerte; es tanto una maldición como una promesa. Ser el elegido se vuelve parte de su esencia; lo distingue de los otros que le temen por momentos, o lo admiran o lo repudian, recordándole siempre que es distinto al resto.

Recuerdo una conversación con un compañero de letras. En ella, dialogamos acerca de la importancia de la literatura y cómo ésta recidía justamente en perpetuar los recuerdos de un mundo anterior a la realidad, en el cual todo estuvo conectado y coexistió en armonía. La obsesión del escritor –así lo planteó Raúl– parte de ese conocimiento y lo lleva a escribir con el afán de reconectar, aunque sea sólo por un instante y de forma ficticia, aquello que en el tiempo mitológico estuvo conectado. Raúl insitió en que el escritor no buscaba nada nuevo, pues eso era imposible.

–La creación ya se llevó a cabo, fue una y estuvo a cargo de los dioses –me dijo.

Yo también creo en esto: en que la imaginación de un artista no le presenta nada nuevo sino que, al contrario, le presenta unicamente recuerdos. El rol del artista, del escritor, es paralelo al del chivo. De forma simbólica, es él en quien recae el destino de entrar en contacto con lo divino. Hace esto al indagar en la realidad; con su visión recorre el velo de las apariencias y encuentra lo innombrable que recide detrás. Él es quien –en representación de su entorno– mantiene la llama de lo invisible ardiendo, incluso cuando todos los demás han olvidado la importancia de ello. Su capacidad de ver es su distinción, así como su condena. El escritor reinterpreta la realidad, reacomodando lo que ya está allí para reproducir, en el código de su generación, lo que ya se ha dicho miles de veces. Hace esto porque con ello se mantiene vivo el recuerdo, fungiendo como un eco de aquél golpe de voz divino que ordenó el caos.

–Uno se dedica a esto si no tiene de otra. Sólo si escribir es una necesidad ineludible. Hacerlo por otra razón sería tan estúpido como vacío de significado.

Así concluyó Raúl nuestra conversación. Yo asentí. Ese día ambos asentimos mucho, pues los dos somos creyentes de cosas muy similares. Hablábamos de ello sólo porque nombrar también es manifestar, tanto para el otro como para uno mismo, lo que se tiene en la cabeza. De cierta manera, la conversación era una proyección más de la operación que hacíamos con nuestras respectivas búsquedas litrarias: recordar y reinterpretar lo que siempre estuvo ahí. No por gusto ni por entretenimiento –aunque es cierto que escribir se disfruta mucho– sino por esa necesidad inludible con la que fuimos marcados. Por ese destino que nos exhorta a mantener el contacto entre el hombre y lo divino. Todo esto –hablar de la literatura, leer a Joyce, escribir– es para mí un ritual sagrado que renueva la mente, los ojos y el cuerpo, permitiéndome con ello continuar mi camino por el desierto.

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