Natalia Islas

Ver perfil y obra

Tlanchana, la mazahua.

Natalia Islas

156

20

Antes de que los poderosos Mexicas colonizaran las zonas más importantes de lo que hoy es el Estado de México, en el año 825 de nuestra era los Matlazincas, Otomíes y Ocuiltecas ocupaban el valle Matlazinco, que se encontraba en la región centro-oriente-sur respectivamente. El río Chignahuatenco -9 aguas- abastecía de agua a toda el área, así como de alimento pues había peces, acociles, ranas y ahuilotes que representaban un exquisito platillo para los pobladores.

Todo esto era posible gracias a Tlanchana, la diosa con torso de humana y cola de serpiente acuática que habitaba en el río Chignahuatenco. Creada por Tlamatzíncatl, dios de los matlatzincas y por Tláloc, dios de la lluvia. Ella estaba encargada de todo lo que existía dentro del agua. Debía permitir que las especies se reprodujeran, cuidaba de los renacuajos, custodiaba las crías de acociles y guiaba las corrientes acuíferas. Era hermosa, tenía cabellos largos, ondulados y oscuros, piel morena e intacta a pesar de permanecer todo el tiempo bajo el agua, sus ojos eran negros y brillantes. No había criatura más hermosa en los mares, ríos o lagos. Esta maravillosa diosa, tenía un defecto; en ocasiones se comportaba posesiva, voluble y vengativa. Pero cuando ella estaba feliz, abastecía de peces a todos los brazos de su cuenca y los pescadores se dotaban de alimento para sus familias.

Así, era algo incierto saber si habría abasto o no. Los pescadores conocían una antigua leyenda, cuando Tlanchana se aparecía en una roca, frotaba sus largos cabellos y comenzaba a cantar, obligaba a los hombres a acercarse y justo cuando estaban en el agua, los ahogaba y mataba. Su canto iba así:

"...El Matlazinca es tu merecimiento de gentes, señor Itzcóatl: ¡Axatacatzin, tú conquistaste la ciudad de Tlacotépec! Allá fueron a hacer giros sus flores, tus mariposas. Con esto has causado alegría. El Matlazinca está en Toluca, en Tlacotépec.."(Sánchez, Reyes, Et.Al, 2010, p.33).

Tlanchana tenía instintos de caza por naturaleza. Lucía como humana y actuaba como tal, pero la mitad de su cuerpo le dotaba instintos de animal. Algunos pescadores aseguraban haberla visto salir del agua con pies. Sí, a quien ella deseaba, lo envolvía con cantos y caricias. Sería imposible resistir a cierta belleza, sus labios eran la puerta al cielo. -O al infierno- . Su cuerpo era la lujuria encarnada, pero a la vez de aspecto noble. Era una diosa en toda la extensión de la palabra. Jamás olía a pescado a pesar de convivir con esas criaturas diario, ella permanecía oliendo a flores y a petricor. 

Muchos eran los que conocían este mito, pero nadie había sido testigo fiel de los hechos, hasta que Hedía, un joven Otomí que pescaba con su padre reveló que de vez en cuando escuchaba el canto de Tlanchana, pero al ser tan corto de edad, no podía aturdirlo como a los mayores. Su padre le contó que cuando la diosa de las aguas cercaba a su víctima no lograba recordar nada de lo sucedido, al día siguiente despertaba desnudo sobre alguna piedra, con olor a pescado por todo su cuerpo y durante los siguientes días escupía espinas de pescado que se atoraban en su garganta. Y cuando la luna estaba llena, el hombre se convertiría en un pescado para siempre, solo entonces, recordaría y permanecería deseando reencarnar en los brazos de la diosa que encarceló su alma para siempre. 

Este sería el misterio de cada mes: un pescador desaparecido, por un ciclo lunar fructífero en pescado. Sabían entonces que Tlanchana estaba contenta, que su instinto había sido saciado.

Al pasar el tiempo, los dioses Tláloc y Tlamatzincatl  al enterarse de sus actos de corrupción, condenaron a Tlanchana a vivir en las frías aguas de las lagunas del cráter del volcán Xinantécatl. Donde jamás volvería a matar a otro pescador, su maltrecho corazón seguiría palpitando, pero su poder seguiría colmando de vida a las aguas de los ríos. Solo sería testigo de los sacrificios que ofrecían al dios de la lluvia en este santuario de aguas frías. Cada invierno viviría congelada como castigo a sus crímenes y en primavera renacería para proveer a su pueblo con sus dones. 

Aún, los exploradores, fotógrafos o familias que asisten al volcán Xinantécatl logran escuchar a Tlanchana cuando se oscurece. Y algunos, afirman que la han visto en medio de la fría laguna, cepillando con sus dedos sus largos cabellos y repitiendo el viejo canto Matlazinca.

 

Referencias:

Sánchez, A.A, Reyes, F.C., Et.Al. (2010) Caleidoscopio Mexiquense. México: Gobierno del Estado de México.

Hay un comentario, agrega el tuyo.

James Contreras

Muy buen artículo, excelentes datos y mejor redacción. Gracias Natalia

Deja tu comentario