Miguel Ruiz

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El Balta

Miguel Ruiz

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Montevideo, 1984

Pegado al edificio donde vivíamos con mis abuelos, había otro en obra, abandonado años atrás, al que sólo le habían construido los cimientos y el esqueleto del primer piso. Desde la calle se veía una entrada para autos en subida y luego oscuridad profunda; desde la terraza del cuarto piso se veía el foso donde iba el ascensor. Un día, a través de ese cuadrado enorme, ví un hombre: barbudo, sucio, con el pelo rizado, ropa andrajosa con manchas negras mezcladas con polvo. Quedé paralizado, mirándolo fijamente.

— ¿Qué miras? —me dijo de mala manera—, ¿nunca viste un hombre solo?

Salí corriendo y en el atropello me llevé puesto a mi abuelo que me agarró de los brazos para calmarme.

— ¿Qué hiciste? —preguntó.

Le conté, se asomó a la terraza, miró para la obra de al lado y no vió al hombre andrajoso. De todas formas, aprovechó para darme un sermón acerca de no hablar con extraños y mucho menos si eran pordioseros.

Si bien me había asustado un poco –más con el sermón que con el vecino–, mi espíritu inquieto necesitaba respuestas. Ya era el segundo “hombre de la bolsa” que conocía. Está bien, confieso que el primero también me había asustado  mucho, pero era más niño en aquel momento. Lo cierto es que algo en la expresión del pobre tipo me producía curiosidad.

El tiempo fue pasando. Varias veces lo volví a ver desde la terraza. Al final, él mismo terminó por saludarme una mañana. Ahí se quebró una pequeña barrera. Ya no era desconocido, aunque no sabía su nombre real. Para mí y mis amigos era “El Balta”.

Cuando no estaba en su “casa”, acostumbraba parar en la esquina de la vereda de enfrente: 18 de Julio y Duvimioso Terra. En aquel momento el local que allí había estaba vacío y le brindaba un techo y un escalón en semicírculo desde el que podía ver ambas calles. Nunca pedía limosna. Se pasaba hablando raro, con palabras que me resultaban difíciles para el entendimiento que poseía a esa edad. A veces se ponía mal, empezaba a gritar como loco, parecía que daba órdenes a personas invisibles y se peleaba con ellas, hasta que se desplomaba sin energía sobre las bolsas de arpillera que le servían de colchón. Dormía unas horas y cuando se levantaba se iba a su cueva.

 

Buenos Aires, 1978

A las 9:30, como de costumbre, Juana sale junto a su pequeña hija Antonella, rumbo al jardín de infantes de ésta, para luego seguir a su trabajo. Toma la misma calle de siempre, saluda al portero del edificio de la cuadra siguiente a su casa a la misma hora como cada mañana. Dobla a la derecha, camina dos cuadras y para en la esquina con su hija de la mano para cruzar por la cebra. Mira a ambos lados, “nunca se es demasiado previsora”, piensa. Cruza, camina cinco cuadras más y allí encuentra “Los Pitufos”, el jardín de su pequeña.
Continua su marcha hasta la parada del colectivo que la lleva hasta su trabajo. Allí permanece hasta las 16:30, hora en la que vuelve por su niña para desandar el camino a casa. Espera a su marido con la cena pronta y se retira a dormir satisfecha de su ordenada vida familiar.

 

Villa miseria, BS. AS., 1978

«El Capi» despierta con un fuerte «mono» producido por la abstinencia. Con la manos temblorosas y sudando en el frío de la mañana, trata de hilar pensamientos, pero sólo logra calcular cómo va a conseguir más droga. Busca a su alrededor la pipa y el encendedor, encuentra una lata vacía, se chupa el dedo y raspa el interior tratando de despegar algo de la goma pastosa, infringe demasiada presión y el filo se mete bajo su carne, casi hasta el hueso en la segunda falange. Propina una serie de maldiciones mientras la avienta lejos y sigue buscando la pipa que usó la noche anterior. No la encuentra. Ya furioso, se levanta y comienza a patear todo lo que le rodea. Súbitamente llega a la única conclusión que su estado mental le permite: «tengo que ir a la ciudad a conseguir guita».

Respira profundo, encuentra cerca una botella de plástico con un fondo de vino tinto, estira la mano y nota la sangre que chorrea de su dedo índice, toma la botella y apura su contenido, tira el envase y, aún con el vino en el buche, introduce el dedo sangriento para limpiar la herida. Se acomoda la campera y comienza su viaje.

 

Montevideo, 15 de Abril de 1984.

El Balta tenía sus días. Generalmente lo encontrábamos en su mundo, ajeno por completo a lo que pasaba a su alrededor, en otros momentos levantaba la cabeza y nos miraba a los ojos. A veces sonreía y daba los buenos días, a veces su semblante era oscuro y podíamos ver tristeza en su mirada.

Su esquina habitual, quedaba rumbo a la casa de mi mejor amigo, así que siempre lo veía —él a mi no—, y lo saludaba. «Buen día», le dije y lo tomó casi como un insulto: se paró lleno de rabia a punto de tirarme un golpe. Salí corriendo lo más rápido que pude y lo miré asustado de lejos. El viejo agachó la cabeza y haciendo ademanes con el brazo volvió a sentarse mientras refunfuñaba en su particular dialecto.

No le di más importancia al tema.

Buenos aires, 15 de Abril de 1978

Agobiante mañana  para el doctor Gulpio. Además de la pesadez provocada por la humedad del ambiente, las personas que tiene que atender en emergencias están bastante alteradas por la demora del sistema. Comienzan a oírse quejas, llantos, lamentos… Por más eficiente que sea no da a basto. El reloj marca las 9:15. Faltan cuarenta y cinco minutos para que se cumplan las veinticuatro horas de trabajo seguidas. Está exhausto. «Un poco más y me voy a dormir hasta que llegue mi esposa», piensa mientras atiende al paciente número trece.

 

Buenos Aires, 15 de Abril de 1978.

El síndrome de abstinencia es cruel. Aún con el dedo sangrando, deambula como autómata, cual pantera en busca de comida, por una ciudad que despierta con lentitud. Para en la esquina habitual. Tiembla mientras mira hacia ambas calles con nerviosismo. Por delante de su cara pasa una pequeña  camioneta que transporta valores. “El Capi” juega con el mango de la navaja que lleva en el bolsillo. No es blindada y está ocupada por dos personas, ve una oportunidad allí. La sigue con la mirada y ve que para en el almacén de ramos generales «Abraham» a escasos diez metros de él.

Ve bajar al hombre con la bolsa de dinero. Cual depredador ve todo en un segundo. Camina despacio, sabe que no hay mucha guardia: el chofer y su acompañante, éste último baja la guita. Lo cruza justo antes de la puerta y con disimulo, clava el puñal a la altura del pulmón izquierdo. Toma la bolsa y antes que el chofer se percate de lo que ocurre, tiene un corte en el cuello que sangra profusamente. Lo saca de la camioneta y toma su lugar, enciende  el motor y sale a toda velocidad. Cuatro cuadras más adelante se cruza en su huída con un patrullero que, alertado por el exceso de velocidad, comienza la persecución.

 

 

Buenos Aires, 15 de Abril de 1978.

Juana sale de su casa puntual y, como de costumbre, inicia su recorrido. Antonella lleva en su mano la muñeca que le regaló papá dos días atrás. Tiene por costumbre regalar algún objeto que le recuerde a su hija que él está allí, sobre todo cuando le toca guardias en el hospital. Veinticuatro horas fuera de casa, a veces más, lejos de sus amadas. Él sabe que no suplanta su presencia con regalos, pero una parte de sí siente que hace algo bueno. Y la sonrisa de su pequeña hija es impagable.

Llegan a la cebra, se detienen, mamá mira a ambos lados y bajan el cordón para llegar a la otra acera. Justo en medio de la calle, la muñeca se resbala de la mano de la niña.

—¡Mamá! Mi muñeca—, dijo, llamando la atención de Juana que rápidamente se agacha para recoger el juguete. Ninguna de las dos se da cuenta que la camioneta en la que huye “El Capi” entra en esa calle a toda velocidad. Este último, viene mirando hacia atrás;  lo persiguen desde que dobló la última esquina. Cuando mira a adelante ve a madre e hija que no pueden hacer nada para evitar que las atropelle. El golpe lo sacude por dentro y por fuera. La sangre cubre gran parte del parabrisas de la camioneta. Hace una maniobra brusca y choca con la columna del alumbrado público, su cabeza golpea contra el mismo vidrio rajado.

 

Buenos Aires, 15 de Abril de 1978.

La sirena pone en alerta a todo el personal de emergencias. 9:45 marca el reloj. El Dr. Gulpio suspira desanimado. “Quince minutos, nada más que quince minutos y ahora esto…” piensa mientras corre al lado de la camilla, hacia la puerta donde acababa de estacionar la ambulancia. Son dos por falta de una.

Bajan de la primera un delincuente herido de gravedad  y él entra junto a dos oficiales de custodia. Lo ponen al tanto de la situación: herida cortante en frente con pérdida de conocimiento, choque frontal contra una columna. Se ve mal. Mientras limpian la herida para ver su profundidad y conectan los aparatos, llaman de urgencia al Dr. Gulpio desde el cubículo contiguo. Da unas indicaciones y corre unos metros.

Todos los años de entrenamiento, toda la experiencia en diferentes hospitales, no le sirven de nada ante aquel panorama, toda su humanidad colapsa. Por un segundo eterno, los enfermeros observan en silencio con lágrimas en los ojos a su compañero tieso, con la expresión de terror marcada en su rostro.

Enseguida comienza a dar órdenes y gesticular con vehemencia. No sabe por dónde empezar. Va hacia su hija, está inconsciente, en muy mal estado. Ve varias fracturas expuestas, la carita bañada en sangre. Su esposa recibió el primer impacto tratando de proteger a la pequeña con su cuerpo, las heridas que presenta así lo indican.

Mientras ausculta a su hija, su esposa hace un paro cardíaco. Intentan resucitarla pero no reacciona. La desesperación en el doctor crece a niveles insoportables. La adrenalina que corre por su sistema no es suficiente para hacerlo pensar con claridad. Está a punto de quebrarse. Hace el esfuerzo por recomponerse y confiar en su equipo, pero su pequeña Antonella deja de respirar. Practica lo que sabe para traerla de vuelta; el cuerpo está muy lastimado, demasiado.

Muere en sus brazos.

“Tantas vidas salvé y ahora...”

El hospital completo se silencia.

Las enfermeras, que conocen al Dr. José Gulpio desde hace más de quince años, intentan consolarlo, pero él retira las manos con violencia de su hombro y como una sombra sin nombre, desaparece para no ser visto por allí nunca más.

 

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