Miguel Ruiz

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Costumbres. El aroma del café.

Miguel Ruiz

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—Buen día, Carlitos —dijo cuando entró en La Giralda como cada mañana.
—Buenos días, Martín, ¿cómo está hoy? —contestó el mozo—. Su mesa está pronta. ¡Marcha lo de siempre para don Pérez!
Llegó a su mesa y ladeó la cabeza: había dos sillas, no una. Separó la suya con su mano derecha, colgó su abrigo en el respaldo, colocó el libro a cinco centímetros del borde y cinco de la pared. Se sentó, se puso los anteojos y tomó el diario. No era el de todos los días. Frunció el ceño y lo dejó. Su pierna derecha comenzó a temblar.
—Permiso —dijo el mozo mientras bajaba la taza y el plato con las medialunas. Cambiamos la marca de café, también el fiambre de siempre. Fundió el proveedor ¿sabe? Una pena.
El tic del párpado volvió.

Miró por la ventana a la misma hora en que pasaba la pareja que siempre lo inspiraba. Caminaba ella sola, con la cabeza gacha. La siguió con la mirada y su semblante cambió. Miró la mesa, todo estaba en su sitio y, sin embargo, nada era igual. Respiró hondo. Tomó la taza y apuró su contenido. Inspiró el aroma al nuevo café y sonrió.
Eran las 8:30.
Como cada mañana, Carlos preguntó desde la barra: —¿Le llevo la cuenta, Martín?
Bajó la taza despacio, miró al mozo con la misma sonrisa pero con otro motivo:
—Hoy no, Carlitos, hoy me quedo a leer un rato. ¿Me traés otro cortado?

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