Mariel

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Ojo de pescado

Mariel

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Al pasar por la tabla de cortar, escuchó una voz susurrándole: ¡Lo prometiste! Se detuvo en seco. Volteó para todos lados, pero no había nadie. Caminó un poco, y volvió a escuchar: ¡Dijiste que me cuidarías! Extrañada, con el ceño fruncido, bajo la mirada. Sobre la tabla, el cuchillo favorito de su tío para descamar pescado, y Filipo, con las escamas por todos lados; cabeza y cuerpo esperando el último tajo para separarse. Su ojo la penetró. Sintió la mirada de todos los mares, y un pavor que la dejó inmóvil. Salió corriendo. Desde entonces, se inventó una alergia extraña a la comida de mar, y cada vez que acompaña a su mamá a la pescadería, baja la vista.
No se permite por ningún motivo cruzar miradas con el ojo fijo de un pez muerto.

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