jhonny richard cabezas

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CANTAR SIN VOLAR A LO ALTO

jhonny richard cabezas

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CANTAR SIN VOLAR A LO ALTO

Vivía en una jaula, hacía ya algún tiempo, Dray el sinsonte. De alas grises, pecho blanco, sobrio sin embargo vestido con elegancia. Su cántico estaba hecho de todo lo que solían decir los pajarillos, pues aunque no todos los días; pero de vez en cuando, uno que otro, se posaba en una pequeña ventana de la sala de aquella casa y le describían cómo era el mundo. El resto de ventanas permanecían cerradas y hasta donde lo recordaba nuestro alado amigo, solo conocía ese recinto y la pajarera.

Un día de tantos, aterrizó un encopetado ruiseñor.
―Oye amigo, que pájaro eres― preguntó Dray.
―Un ruiseñor, el mejor cantor del mundo― dijo sin mirar a Dray, solo divisando al horizonte y con el rostro erguido.
― Qué puedes decirme del mundo allá afuera, ¿Es hermoso?― preguntó Dray.
―Solo sé decirte que no hay quien iguale mi canto. Te daré una pequeña muestra de mi enorme talento. Primero escucha y después aplaudes.―dijo el ruiseñor.
Y al abrir su pico, cantó una melodía de tal forma; que Dray solo podía contemplar y oír tal espectáculo. Lo que más tocó el corazón del sinsonte cautivo, aparte de la pose majestuosa y el garbo; fue el sentimiento y el contenido, que se sentían en cada nota y en sus frases:

―Nacimos para ser libres, nuestros colores solo
combinan con el azul del cielo, con el blanco y gris
de las nubes, con el verdor de los campos.
Cantamos en coro con el viento, mientras el sol
mira nuestros disímiles plumajes;
no hay palabras; no, por esplendorosas que sean,
que logren; siquiera insinuar que es un beso del paisaje,
pobre del confinado, no puede elevarse y apreciar,
la magia del arroyuelo, surcando los campos y repartiendo vida,
no logra saborear los frutos danzando entre las hojas,
Cantar en concierto, bajo la bóveda celeste,
unir su trino a golondrinas, palomas y gorriones,
jilgueros, la cigarra y el grillo, es indescifrable.

Y mientras hacia un perfecto decrescendo, con los ojos cerrados y las alas extendidas… Esperaba el estridente aplauso.

Pero abrió unos ojotes, cuando escuchó al cautivo, afinado y repitiendo a perfección el gorjeo que recién había ejecutado. Solo tragó saliva; oyó, sin bajar las alas. Y a la mitad del canto del sinsonte levantó el vuelo.
―Oye― grito Dray― ¡Aún no me respondes!
― No sueñes, por siempre serás cautivo, canta sin volar a lo alto―dijo el ruiseñor presumido y siguió su camino.

No obstante, todos los días soñaba… despierto… dormido. Soñaba que era libre.
Despierto, solo cerraba sus ojos y abría las alas, tomando aliento para entonar la canción que aprendió del ruiseñor, que de todos los que la oían era el encanto.

Al siguiente día no quiso cantar después de regresar del mundo de los sueños, solo abrió los ojos y miró la pequeña ventana, inclinó el rostro, dio un gran suspiro y metió su pico entre las alas.
Más el desconsuelo fue interrumpido, por el canto para nada agraciado de la trabajadora doméstica, quien traía en sus manos lo que parecía una jaula, solo que estaba cubierta con una manta.
La señora se acercó a la jaula del sinsonte y aunque este no entendió nada, ella le dijo:

―Oye, tienes compañía… y en unos días van a estar juntos en su jaula, que suertudo eres… la jaula es de oro… Y golpeó con su plumero la cávea del ave― Cosa que detestaba el cantor. Normalmente, se abalanzaba sobre la escobilla, pensando que era un pájaro enemigo, pues estaba hecha de plumas. Ambos le eran insufribles.

Cuando retiró la manta, pareciera que también hubiera quitado el enojo que demudaba a Dray. Su mirada se quedó estática, se notaban más que nunca, sus iris amarillos y sus negras pupilas, absorto, su tercer párpado se movía una y otra vez, como queriendo comprobar que no fuera un espejismo.

Ante sus ojos otro sinsonte, vestido del mismo traje: gris, blanco y negro, pico pequeño y curvo. Cola oscura y patas negras. Sus parpados estaban cerrados y la cabeza gacha.
Y para hermosear el cuadro, la jaula era de oro.
Por un momento no dijo nada, pero salido de su conmoción; no cesaba de cantar, dando la bienvenida y repitiendo su nombre―Soy Dray decía― a lo cual no halló respuesta. Así fue todo el día y ya casi antes de pernoctar dijo:
―Entiendo que no quieras hablar amigo, igual eres bienvenido. Que tengas una linda noche.
―No soy tu amiga y me llaman Saray.
― ¡Saray, que bonito nombre! Y el mío es…
―Si, ya se… Dray, como si no lo hubieras repetido casi mil veces… Pero por un momento cierra el pico.― y nada más dijo.

Se apagaron todas las luces, pero no los ojos del sinsonte, que por un largo rato no dejaron de mirar a Saray ente la penumbra, hasta que el cansancio venció sus parpados.
Un nuevo día despertaba y con él, el cantor; su trino invitaba a todos, pero en especial a la recién llegada a  abrir los ojos y disfrutar del panorama. Hasta que lo logró, ella abrió  los parpados y con ojos sobresaltados, grito: ― Cállate… y ¿qué paisaje puedo disfrutar?― y soltó a llorar.

Dray prefirió callar, pero después de un rato cuando ella se calmó, le dijo:
― Pero a mí me gusta tu canto ¡hasta lloras lindo, y te coronan preciosos encantos!
Le hizo muchas preguntas, más ella se negaba a hablar. Pero al parecer este emplumado hablaba hasta por los codos. Hasta que una pregunta dio en el blanco, como cuando buscas en la oscuridad y terminas encontrando algo.
―Yo no sé nada de mi madre y padre. ¿Y tú?
―Mi padre siempre me dijo: “Ten cuidado con los seres humanos, se toman muy en serio, aquello de ser reyes de la creación”. Mírame aquí, por causa de una trampa. Terminaré los pocos días que me quedan en una miserable jaula.

―Yo siempre he vivido en una jaula, no me quedan muchos días, pero quiero apreciar el mundo por mí mismo.
― ¿y crees que vas a salir de aquí? Tú sí que eres iluso.
Platicaron de todo un poco, pero la actitud de su amiga sinsonte siempre fue la misma, una cara mustia, una mirada perdida, un tono de voz arrastrado y nada comió en lo que había corrido del día.

―Oye ¿vas a morir de hambre?
― Y de tristeza… Me fastidia la vida.
― Si no tomas algo de manzana, alpiste y agua; te lo juro… Voy a cantar hasta el amanecer― y empezó a canturrear.
― ¡Para, para!― y se dejó ir sobre el alimento, comiendo con todas las ansias― pero calla.
Mientras la contemplaba, de adentro le salía una pequeña sonrisa, que no entendía. Solo comprendía que al mirarla a ella fluía, como sin saber de dónde sopla el viento; o porque nunca cesa el pensamiento.

― ¿Tengo cara de chiste?
― ¿De qué?
― ¿De qué te ríes…? Dijo Saray
―No sé, pero te miro y siento algo extraño ¡nunca me había pasado!― y se apagó la luz.
― Saray...
― ¿No te han dicho que hablas mucho, amigo?
― Solo es para pedirte que sueñes conmigo―dijo Dray
― ¡Dios me libre!

­La claridad que se dejaba ver a través de la pequeña ventana, anunciaba otro día. Esa mañana sin saber porque, para el solista, era más bella, aunque a su alrededor casi todo era igual. La belleza se dibujaba en cada cosa. Había música en el alma, como “otoño” de Vivaldi pero en Fa sublime.
El ruiseñor fue movido a cantar por un nuevo sentimiento que para él no tenía nombre, pero hasta al momento nada lo había hecho sentir tan vivo. Sintió su plumaje más radiante que nunca antes, que una extraña emoción se conjugaba con su mirar; con su entonar, aún con su pensar. Todo ese caudal, brotó en una tonada…

― Saray despierta, despierta.
― Otra vez tú―dijo Saray, despertando― Soñé que estaban matando a un animal y que chillaba horrible y despierto y eras tú… cantando… ¡qué pesadilla!―lo dijo batiendo su cabeza de un lado al otro.
― ¡Sabes, soñé contigo; que escapábamos juntos y me enseñabas el mundo!― dijo el sinsonte.
― Soñar no cuesta nada…
― Saray ¿cómo se llama un sentimiento, que te hace sentir volando, te invita a cantar, como nunca has cantado. Desear abrir las alas,  crea felicidad solo con pensar en un alguien y estar cerca de un ser y querer abrazarlo? ¿Lo has sentido?
― Ah, te refieres a eso…
― ¿Eso… Qué es eso?―Preguntó extrañado Dray.
― El maldito amor.
Al momento se ven interrumpidos por la empleada doméstica que cantaba, o mejor dicho; disonaba y alegre se dedicaba sus labores. Se acercó de nuevo al pájaro y golpeó con su plumero la jaula, mientras decía―hoy estarán juntitos,  la la la la la, que viva el amor…

El sinsonte en posición de ataque, se quedó mirándola hasta que desapareció por la puerta de siempre.
― Que molesta, siempre hace lo mismo, un día de tantos conocerá mi pico―dijo el cantor.
― Esa humana canta peor que tú.
― ¿Tan mal lo hago?
Saray pensó un momento, mirando la pequeña ventana y dijo― en verdad me recuerdas a mi padre, era un gran cantor.
― ¿Pero, por qué maldices al amor? A mí me parece lo más excelso.
― Háblame claro ¿lo más qué?
― Lo más hermoso… ¿lo has sentido?
― Cada vez que di mi corazón, me lo devolvieron hechos pedazos― dijo inclinando el rostro.
― Quien lo hizo es un tonto, eres una joya para cuidar― y sonrió, extendiendo las alas.

Ella lo observó y su mirar pasó de ser frio y perdido, a una exigua y tímida sonrisa― de verdad pareces a mí padre― dijo, ahora en un tono más relajado y abierto―Lo que no entiendo, es como puedes cantar tan bien; si mi padre me enseñó, que la dureza de la vida te hace ser mejor cantante, y siempre lo has tenido todo. No tienes que escapar del halcón, buscar comida, pelear por tu territorio…y… ahhh, soportar a tantos y distintos genios. Fue muy duro ver morir a padre, después de padecer tanto tiempo enfermo.― Mientras una lagrima brotó y sus ojos se cerraron como evocando.

―Eso que acabas de decir, es para mí el más hermoso de todos los cantos que he escuchado. Esa lágrima al final, cayó en muy hondo en mi alma―y cantó el sinsonte inspirado:

Cuanto quisiera que tus luchas
fueran también las mías, y ayudarte,
aunque hoy ya las compartimos.
Es verdad no he sufrido como tú;
pero igual, sé que es una lágrima.
Cuanto quisiera soportar a los demás
y no a esa soledad, que me cansó.
Buscar los frutos, probar nuevos sabores,
escapar de las garras del enemigo
y no sentirme atrapado en las
fauces de esta jaula cruel,
que me ha visto llorar tantas veces
y no por eso me deja libre.
Dejar de sentir este sinsabor
de querer saber cómo es el mundo
antes de que vida expire en un segundo…

Saray aplaudió con las ganas de un infante. Le pareció apreciar y escuchar a su padre.

Toda la tarde transcurrió entre preguntas, risas y trinos; que al final se hicieron lazos, pues las palabras atan; cuando el sentimiento emana y recorre con graciosa cada rincón del alma, arrastrando temores; alumbrando tinieblas, sembrando ardores.  Parece el remedio a todo mal.

Llegó el momento en que debían estar juntos, así que la señora se aproximó a la jaula de Dray para sacarlo y meterlo a la de oro con Saray. Cuando se dispuso a abrir la puerta, el sinsonte brincando de un lado a otro de su cárcel, dijo― Óyeme, mira a este galán como defiende su nido.
―Ten cuidado ¿qué te van a hacer? ¡No te dejes!―gritó Saray.
La señora introdujo la mano en la jaula. Él se puso en posición de ataque, con las plumas erizadas y los ojos bien abiertos, esperando su venganza, mostrando a la que ahora era su enamorada, que él era un buen y único partido.

Picoteó esos dedos tan fuertes como pudo, lo animó el amor, lo impulsó el furor, lo incitaron los gritos de Saray y de la que siempre quiso desagraviarse por tanto tiempo.
La jaula calló al suelo y la puerta de esta quedó abierta, aprovechando esto el pajarillo salió volando, revoloteando por la sala y alrededor de la gayola dorada, mientras la señora intentaba atraparlo.
― ¡Escapa Dray, sal por la ventanita!
― ¡No, Saray! ¿Y tú?
―Después vendrás por mí, pero vete ya…
― volveré por ti, amor mío.
Y cruzó la pequeña ventana como un rayo.

Ya caía la noche, y después de salir por esa ventana todo era nuevo. El corazón le latía como a mil por minuto, sus ojos no sabían a donde mirar, sus alas se hicieron torpes; solo vio un agujero en un tejado y allí se metió, aterrizando de manera torpe y golpeándose un poco.
Todo estaba medio oscuro y respiraba muy agitado. ―Soy libre, soy libre― se dijo.
Sintió que se quedó sin fuerzas y después de un buen rato de solo mirar la oscuridad y repetir como demente: “soy libre”, se fue quedando dormido, repitiendo un nombre…“Saray, Saray”.

Lo despertó el orto y por un momento solo apreció el interior del tejado. Caminó sin afán alguno. Se acercó al orificio, por donde había entrado. De afuera la luz invitaba juguetona a dar un vistazo hacia lo ignoto. Al asomarse tímidamente, pudo observar muchas casas, sin embargo, pensó en algo: Saray.
Cuando logró identificar aquella redonda ventana de su escape; se dejó llevar por el viento, hasta alcanzarla. Si, era la misma, no obstante estaba cerrada. Allí esperó un buen rato y por más que cantó, nadie respondió.

Después de una hora y cansado, decidió tomar vuelo y regresar más tarde. Voló, se encumbró, realizó piruetas entre las nubes, intentó alcanzar el sol, pero se fue quedando sin oxígeno y desistió. Comió frutos, se zambulló en los arroyuelos; cantó con los gorriones. Danzó con las golondrinas, planeó sobre los campos, y mientras admiraba desde lo alto; semejante obra de arte, se preguntaba quién sería el autor de algo tan majestuoso. Así que preguntó a un petirrojo que pasaba a su lado― Oye amigo ¿quién hizo todo esto?
―La verdad no lo sé, pero todos los días le cantoooo. Escucho su sonrisa al trinar de las aves, sin verlo, lo he mirado en mí plumajeeee; en los gusanitos y en los insectos. Creo que lo he sentido cuando vuelooooo…― y diciendo esto se alejó.
― ¡Vaya que tipo tan raro!― pensó el sinsonte.

De pronto escuchó a algunos pájaros gritar: ― ¡halcón, halcón, cuidado!
Y al levantar la mirada observó a un pájaro que venía en picada hacia él. Las palabras de Saray: “Escapar del halcón” recorrieron en un instante los salones de su mente y en el momento sintió que le surcaron por el todo cuerpo un temblor y un fogaje, y por mero instinto se dejó caer libremente hacía unos árboles. Parecían dos rayos; el predador ya a punto de alcanzarlo, abrió las garras para atraparlo, pero Dray logró volar entre las hojas y las ramas, pensó que hasta allí había legado, no obstante, le llegó un pensamiento tan veloz como una centella― ¿y el creador?
Mientras aún escapaba dijo― ¡oye, si estás ahí, no quiero morir!
Lo que no sabía era que halcón también había clamado al mismo ser, por comida.
Pero al parecer fue escuchado, porque no por casualidad; el halcón cambió de rumbo de forma inmediata; pues vio una mejor presa, un conejillo… Pobre conejito, ese día fue la respuesta al clamor del cazador alado.

Aterrizó en una rama y mientas el temblor aún jugaba en sus plumas y las patas se daban una con otra, un grupo de pajarillos se le acercó para felicitarle― hoy no es tu día, amigo―le decían. Al final se hicieron sus amigos y escucharon su historia.
― Amigos, jamás imaginé que aparte de tantas bellezas, pudiera existir un apego tan hermoso a otros. Pero como les he dicho, ahora siento un profundo vacío. Voy a buscar a mi amada.

Todos lo acompañaron, la ventanita se llenó de pájaros, emplumados de muchos colores. Pero la ventana seguía cerrada. Esperaron y aunque llamaron al unísono―Saray― nada pasó.

Unos decían― eres libre, ya tienes lo mejor y más anhelado, no sufras, solo disfruta.
― Todo sería perfecto con ella a mi lado.

Decidió regresar al otro día, pero antes de que cayera el sol, gastó toda su fuerza volando, mirando; gustando, cantando y al ponerse el sol, se preparó para dormir rodeado de sus amigos, en un árbol; más con el corazón desolado. ― Creador, permíteme estar a su lado―y así una jornada moría.

― ¡Miren qué día. A volar!― dijeron. Dray salió a buscar  alimento con ellos, pero estaba alicaído
― Sinsonte ¿Qué te pasa?― Preguntaron después de haber comido.
―Saben, voy a rescatarla… Pase lo que pase― y salió rumbo a encontrar a su amada. Unos lo acompañaron, otros siguieron su propio camino.
La ventanilla estaba de nuevo cerrada, pero esta vez, sobrevoló alrededor de toda la casa y cuando había llegado al patio enorme de la mansión, notó que la trabajadora aquella, tiró algo en la pequeña arboleda contigua a la exedra.
Curioso descendió, algo había en una bolsa. Se acercó y al mirar su contenido, se tiró hacía atrás.
― ¿Qué es?― preguntaron los acompañantes
―Es… es… es ella.

La sacó de la bolsa, estaba yerta y fría, su pico entre abierto, sus parpados cerrados. Dray solo inclinó el rostro, dejó caer sus alas y sintió un menudo frio se coló entre sus diminutas plumas. Respiró con dificultad, y una lágrima rodó por sus mejillas para caer en el plumaje de Saray.
Todos sus amigos contemplaban y sin decir nada, se acercaron a su amigo y abrazándolo lo rodearon.

Fue al campo y ayudado de sus amigos trajo muchas flores. La cubrieron con crisantemos, rosas, margaritas, jacintos, narcisos, tulipanes, flores de cera y velos de novia. Con estas hicieron un gran montículo, cubriéndola. Dray como todo consagrado cantor; pero con el corazón desecho, entonó:

―Adiós, querida Saray, ya no soy
esclavo en la jaula, soy reo del amor
Me liberaste y me cautivaste.
No entiendo por qué el creador
esta vez no me oyó.
Un ser como tú, no merecía
una jaula, aunque sea de oro;
lo tuyo era volar, cantar con la brisa de la tarde
Tu corazón no soportó tanto sufrimiento…
No entiendo porque el creador no me oyó…

Volaron encima de ella describiendo figuras, entre trinos y cánticos de despedida. Lo hicieron por mucho rato, después se marcharon, pero  en silencio. El silencio se paralizó cuando alguien gritó:
― ¡Halcón, halcón cuidado!―Todos salieron despavoridos, pero uno de ellos estaba en otro mundo, oyendo otras cosas, casi que viendo todo distinto. Así terminó sus días el viejo sinsonte…

…Sobre el horizonte eterno, vuelan dos criaturas, sus trajes brillan por que los alumbra el amor, que hermoso cantan, notas jamás escuchadas, ¡son tan felices!…¡Parece que alguien escucho el clamor aunque, fuera de un pajarillo!

FIN

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