Hipolito Quintana Santos

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La nota de Iratxe

Hipolito Quintana Santos

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«Sabía que, después de tanto tiempo, no aparecerías. No me sorprende que no hayas venido, sino seguir conociéndote tan bien.

Me habría gustado agradecerte personalmente el tiempo, unos meses, en los que fuiste mi primera amante. Te viví de una manera muy pasional, dejado encerrada mi parte lógica, racional. Para mí fue intenso, a la vez que desestabilizador.

Como un bebé que solo utiliza la boca y las manos para explorar el mundo, así descubrí yo las formas, texturas y rugosidades de tu piel. Te quería toda siempre, cada vez. A medida que pasaron los meses el deseo maduró, las ansias se calmaron. Entendí qué era y qué no era para ti. Dejé de codiciarte toda para quedarme en el deseo de tu belleza, en el erotismo salvaje que desprendías.

Fue pasando el tiempo y tú nunca dejaste a tu novio por mí. Nunca lo hiciste. Supongo que tardé tanto en verlo porque en el fondo no quería. Así que un día abrí los ojos, dejé de amarte. Fue más fácil eso que desengancharme de las curvas de tus senos. Eso lo conseguí cuando asumí tu cinismo, la guinda de cuyo pastel has puesto hoy faltando a la cita que tú misma me habías propuesto. Significaba tanto verme, dijiste para convencerme. Verme antes de tu boda con tu chico de siempre. ¿Para qué?, me hiciste pensar, ¿para comprobar si todavía tengo algún sentimiento hacia ti? ¿En serio que eso es lo que necesita tu ego, después de tanto tiempo? Como mucho podría estar resentida, como tú, bromeando entre las sábanas, me preguntaste una vez, tan segura de mí. Yo ya he salido escaldada.

Que seáis muy felices.»

Iratxe releyó la nota que acababa de escribir. Le salió de un tirón, vomitando cada palabra sobre el papel. Arrancó la página del cuaderno y la guardó en el bolsillo de su chaqueta. Luego apuró el té verde que había pedido, lo pagó sin dejar propina y salió de la cafetería en dirección al barrio del Carmen. Sentía rabia por haber sucumbido y haber acudido a la cita... No tenia que haberle dado esa oportunidad. Pero Alma sabía cómo convencerla, cómo chantajearla. No lloraba porque ya no tenía lágrimas para ella. Solo se sentía estúpida.

Caminó por la calle San Vicente, cruzando la Plaza de la Reina, y subió por Caballeros hasta la plaza del Tossal. Giró decidida para tomar la calle de Abajo, donde se encontraba la zumería, que, como suponía, encontraría cerrada por la boda. Deslizó la nota bajo la persiana metálica, empujándola con la punta de los dedos. Decidió volver a casa.

Cuando había dado dos pasos, se detuvo. No la había firmado. ¿Cómo sabría Alma, entonces, que era suya? Igual que había jugado con sus sentimientos, seguro que lo había hecho con otras. Iratxe, tú no eres la única, se dijo. No, no tendrá duda si firmas como debes.

Miró al suelo, rebuscando bajo los coches aparcados, hasta encontrar una que le gustó en tamaño. La cogió y regresó a la zumería. Sopesó la piedra en la mano antes de estrellarla contra el cristal del escaparate del establecimiento. La pedrada rompió el cristal, que cayó con un fuerte estruendo sobre el suelo empedrado.

Firmado, pensó Iratxe con una sonrisa. Ahora, a casa.

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