Hipolito Quintana Santos

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De humano a vampiro II: Rubén

Hipolito Quintana Santos

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4.

Paseando por el botánico han dado las seis. Rubén está a punto de terminar su jornada. Lo espero en la esquina, cerca de la clínica dental donde trabaja de auxiliar. Le he enviado un mensaje para vernos en su casa. Es el único mensaje en todo el día, me regaña. Yo me entristezco.

Rubén sale del trabajo, le sigo a varios metros de distancia. Está muy guapo con su cabello recién cortado y la camiseta gris que compramos en Ibiza. Se pone sus auriculares blancos para escuchar esa música instrumental que tanto le gusta, música sin voces, porque no necesita mensajeros. Él es capaz de captar la emoción de la melodía, comprende el lenguaje de los dioses. Rubén es así, sabio y autosuficiente como un felino, y acepta tu compañía siempre que tú aceptes su soledad. Rubén es un chico especial.

Entra en su portal. Espero cinco minutos antes de llamar al timbre. Me abre la puerta feliz, con una gran sonrisa que me parte el alma. Por primera vez pienso que no es justo.

Nos sentamos en la cama, le cuento lo ocurrido: el ataque, las heridas, la conversación con la Negra. Le muestro los mordiscos en el cuello y la crema solar, que resulta una prueba ridícula. Rubén, mi Rubén, me mira entre divertido y extrañado. ¿Qué tratas de decirme?, pregunta. No termina de entenderme. O quizá no me ha salido explicarme.

Le digo que me voy dos, quizá tres años. Le cambia la cara porque sabe que le estoy mintiendo, le tiemblan los labios. Me pregunta si le estoy abandonando. Contesto que no, que lo estoy salvando. Empieza entonces a creer lo increíble. Me pide que, si todo es cierto, vuelva mañana y lo transforme a él. Me río. Insiste. Le pido que no diga tonterías, no voy a hacer eso. Entones me voy contigo, dice, para que no estés solo. Vuelvo a sonreír por su ingenuidad. Tú eres el solitario, argumento, algún día te cansarás de mí y de mi nueva naturaleza. Podría llegar a ser peligroso en ciertos momentos de hambre o de furia. Serías mi punto débil. Correrías peligro innecesariamente. Tú te mereces una relación sana y positiva, concluyo. Y eso yo ya no puedo ofrecértelo.

Se hace el silencio entre nosotros. Rubén, sereno, parece meditar mis palabras pero una lágrima que resbala por su mejilla le delata. Entonces ya está decidido, le digo. Me levanto y beso sus labios. Al separarme se levanta y es él quien me besa. Un beso largo, triste. En silencio nos desnudamos y nos tumbamos en la cama. Hacemos el amor sin prisa, repasando, para recordarlos, cada centímetro de nuestros cuerpos, besándonos con dulzura. No puede ser de otra manera en nuestra despedida.

5.

Cuando me levanto y me visto son casi las once de la noche. Apenas faltan dos horas para que acabe el plazo. Mi cuerpo lo sabe. No me siento bien, no me siento yo.

Rubén se incorpora y, entre las sombras de su habitación, admiro por última vez su cuerpo flaco, lampiño, hermoso. La penumbra dibuja las lineas de su rostro y su cabello ahora desordenado. También me permito admirar su pecho, su vientre, sus piernas. La suave piel que tantas veces se me ha entregado. Le abrazo. Alargo la despedida, no quiero irme. Me pone una mano sobre el hombro, me lo pide por última vez. Vuelve mañana, dice, estaré preparado para irme contigo. Me invade una profunda pena. No voy a venir, Rubén. Pues ven a buscarme en unos días, o unas semanas, insiste, piénsalo. La tristeza se mezcla en mi pecho con la ternura, con el amor que siento hacia él, tan joven, tan sabio, tan hermoso, mi Rubén. Le cojo la mano. Volveré en un año, cedo, y te contaré como es la vida como vampiro. Entonces decidirás tú mismo qué hacer. Se lo piensa. Prométemelo, susurra. Te lo prometo, digo. Vale. Tengo que irme. Espera, toma mi mp3, para que me recuerdes cuando la escuches. Vale. Le doy un último beso. Nos vemos en un año.

Guardo la memoria en el bolsillo del pantalón. Abandono su casa, bajo las escaleras y, ya en la calle, echo a correr en dirección a ninguna parte, donde quedó nuestro futuro.

6.

A falta de poco menos de una hora para que se cumpla el plazo me siento débil. Escalofríos y sudor, como si tuviera fiebre. Me gustaría que fuera como en las películas, quedarte dormido y que al despertar esté todo hecho. Pero presiento que no va a ser así.

Me apoyo en el tronco de un árbol del parque a esperar, entre temblores y mareado. Que esto acabe bien o mal, pero pronto. El cuerpo no me responde, me falta el aire. Calma, calma. Trato de respirar hondo pero me siento desfallecer. Descubro que me he orinado encima, es humillante. Me duele todo, creo que me muero. Me fallan las piernas y caigo en la hierba. Alargando la mano consigo tocar el tronco de un árbol, quiero aferrarme a algo vivo, y cierro los ojos. Solo me queda esperar. Pasan los minutos. Caído sobre la hierba espero. Espero y espero y espero... y de repente me siento bien. Cojonudamente bien.

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