Hipolito Quintana Santos

Ver perfil y obra

De humano a vampiro I: La Negra

Hipolito Quintana Santos

33

Like

1.

Los truenos resuenan como guitarras de metal rock desafinadas. Los relámpagos dejan ver pupilas no humanas observando en la oscuridad. No hay lluvia regeneradora, es agua queriendo matar.

O eso me parece a mí.

Tras el cristal de la cafetería miro la tormenta mientras asumo lo que la Negra acaba de desvelarme. Me ha dado muchas respuestas, es cierto, pero no ha contestado a todas las preguntas. ¿Cómo es posible que en veinticuatro horas vaya a transformarme en uno de ellos? Suena a película de ciencia ficción, y de las malas.

Vuelvo a tocar las heridas de mi cuerpo, en especial la del cuello. ¿Tendré dañadas las cervicales? Brazos, piernas, abdomen, cabeza... Todo me duele por la paliza.

A alguien le tenía que tocar y hoy salió mi número.

Pido otro refresco de cola, que la camarera me trae junto a un vaso con dos hielos. Levanto la vista hacia el televisor, donde aquellos que piden una prensa ética emiten una y otra vez las mismas imágenes de los altercados en el metro entre vampiros, con el gobierno mirando para otro lado. Descubro, con sorpresa, que no me importa demasiado. No pasaré mis últimas horas preocupado por algo que no me incumbe y en lo que no me voy a involucrar, a pesar de todo.

Durante la paliza quedé en shock. La Negra apareció en el momento más oportuno, por eso no ha sido peor. Podría tener heridas más graves. Podría haber muerto. Luchaban con tal fiereza que me podían haber despedazado con facilidad, pienso, viendo ahora las imágenes. Ella me ha recogido antes de que llegaran las cámaras, por lo que mi identidad ha quedado salvaguardada. Luego me ha llevado en su moto hasta una iglesia a las afueras de Valencia, donde durante largo rato hemos hablado, mientras me aplicaba no sé qué clase de ungüento que le vende un santero cubano. Le he preguntado de todo y ella ha demostrado una gran paciencia conmigo, a pesar de que la última vez que tuvo que explicar el proceso de transformación, me contó, fue hace más de un siglo. Ya no suele haber transformaciones de humanos, no en Europa, al menos, ni en Occidente en general. Asia, con su libertinaje, y África, donde malviven los olvidados, son otro cantar.

Debo aclarar que no sé su nombre. La llamo Negra porque es negra. Si fuera gitana o insecto palo la llamaría así. No es despectivo. Es la Negra porque es negra.

Insecto palo. Aún me queda algo de humor. Espero mantenerlo como vampiro también. La vida será mejor.

Yo me llamo Abel.

La Negra me ha salvado pero no ha podido evitar mi muerte como humano. Me ha explicado qué va a suceder y se ha marchado en su moto, seguramente no para siempre, ha dicho.

2.

La Negra me explica que dentro de veinticuatro horas me convertiré. No me parece mucho. También me ha advertido que no va a ser un proceso demasiado doloroso, por lo que van a pasar volando. Pero esta cuenta atrás me obliga a plantearme qué hacer: ¿debo despedirme de mi familia y mis padres, con los que no hablo desde hace casi un año?, ¿cómo despedirme de mis pocos amigos?, ¿y cómo de Rubén? Ay, Rubén...

Estoy divagando demasiado.

Termino mi bebida y pago. Desde ahora voy a estar solo. Eso no va a ser lo peor, nunca he sido muy sociable.

Van a ser las cinco y no tardará en amanecer. La tormenta está amainando, al fin. Tendría que ir a casa. Un entorno familiar y acogedor me ayudaría a ordenar las ideas, pero decido que mis últimas horas no las pasaré encerrado en un piso de sesenta metros y quince años de hipoteca. Decido ir a la playa y ver el amanecer.

Las ideas zumban en mi cabeza como moscas en un tarro. Creo que ya sé qué debo hacer.

Primero cerraré mis redes sociales. ¿Qué más da? Si expulsaran a los cotillas y a los que hacen el ridículo estarían vacías. Lo amigos verdaderos no están en Facebook. Así que ni una entrada de despedida.

A los amigos de verdad les enviaré un correo. Tengo decidido explicarles que me voy durante una temporada larga a recorrer mundo en plan mochilero, lo que es cierto en parte. Tengo que decidir a quién le dejo las llaves de casa. No les resultará raro ver que viajo con casi nada. Y tendrán la sensación de que algún día volveré.

Grabaré un mensaje en el contestador del móvil, por si alguno me llama. He dejado dinero en la cuenta del banco para pagar unos tres meses de facturas. Supongo que con eso bastará.

¿Y el trabajo? Escribiré otro correo, despidiéndome. Lo lamento por los chicos y espero que el nuevo profesor esté motivado y se tome en serio la educación de los chavales.

Ya está amaneciendo. Me está dando un poco de sueño pero no voy a dormir. Voy a ver el amanecer en la playa. Mi último amanecer. Luego gestionaré mi último día en el mundo y me prepararé para mi nueva vida como criatura nocturna.

¿Me despediré de Rubén? Debería...

La Negra me ha advertido. Si voy a verlo, podría pasar por una fase de negación muy intensa que casi rozaría la locura. Pero no creo que yo llegue a eso. No he tardado mucho en asumirlo. Esto me sucede ya con una edad... No es que me dé igual, no, pero soy maduro para aceptar las situaciones difíciles. Aunque no las entienda, aunque me jodan la vida.

He llegado a la Malvarrosa.

3.

Estoy en una cafetería en primera linea de playa. He pedido un café con leche y unas tostadas. Mi último desayuno. Me hace gracia pensar que me puede caer mal encima de los refrescos de hace unas horas. No sé si un convertido puede vomitar o tener diarreas igual que una persona normal. No se me ocurrió preguntarlo.

He visto el amanecer, el último, y lo he disfrutado como si no hubiera un mañana. Porque no lo hay.

Tengo que hacer caso a la Negra y dejar de pensar en las cosas como mi-último-lo-que-sea, o me obsesionaré.

Después del desayuno y de un paseo por la arena, he decidido despedirme de mis padres. En el fondo no quiero explicarles mi situación. Pero quiero ver que se quedan bien.

Entro en la calle donde tienen el horno en el que ambos trabajan. Un par de vecinas salen charlando, ya con su pan en la bolsa. Me quedo en la acera de enfrente, viéndolos a través del cristal del escaparate, entre las barras recién horneadas, a suficiente distancia como para que ellos no me vean a mí. Al fin decido entrar. Los saludo y empiezo a explicarles que me voy. No detienen su faena aunque no hay clientes. Empiezo una frase que interrumpen para contarse no sé qué cosa. Ni me atienden ni se detendrá mi transformación. Les digo que otro día volveré y me voy.

Ya es media mañana. No sé si es el calor o es parte de mi cambio pero siento que el sol está fuerte para la hora que es. Tanto que la piel me empieza a picar. Entro en una farmacia y compro un protector solar. Unos leves picores no acortarán mi último día. El ungüento cubano ha hecho maravillas con el resto de mis moratones.

Aún falta para que Rubén salga del trabajo por lo que decido pasar un rato en el jardín botánico. Tienen una colección de orquídeas de varias decenas de variedades. En el mundo hay miles, leí una vez.

Pago la entrada y entro a admirarlas. La mayoría no tiene olor, es una flor discreta. Ella no va a llamar tu atención, tienes tú que buscarla y descubrirla. Puede que pases al lado del ejemplar más hermoso y no te des cuenta. Para ofrecerte su belleza te obliga a vivir a otro ritmo. Me gustan las orquídeas.

Al final no voy a casa.

Deja tu comentario