Giancarlos Areiza

Ver perfil y obra

Hilda Vera, la diva venezolana

Giancarlos Areiza

12

1

“Ella era diva sola, acompañada, comiéndose una arepa ¡era diva! y mira que ahí si era difícil ser diva”. Orlando Urdaneta

Hilda Vera era una mujer que bordeaba cualquier pregunta que tuviera que ver con su edad. Tomaba el atajo que fuere necesario para no llegar a ese instante. Así, por ejemplo, si algún día le tocaba cruzar la aduana de algún aeropuerto y los oficiales de seguridad solicitaban los documentos de identidad, inmediatamente sus hombros empezaban a tomar altura, y en aquel éter, comenzaba a dosificar una mirada lateral, en el que sus ojos giraban a uno de los lados, al ras de los hombros, para asegurarse —recogen todos la que la conocieron—, que el relieve de su mirada atravesara cualquier solicitud obcecada que intentare allegarse a su intimidad.

Asaz inteligente y conocedora de sus atributos, de su estampa y de la dimensión de sus ojos caramelo, Hilda Vera solía zafarse de casi cualquier asunto espinoso que se le cruzase; “¡No tomaba un no como respuesta!” si la ubicamos en las palabras de su hijo Tony Salazar Vera. Pero a veces ocurría que si su inteligencia, su belleza o su personalidad no tenían el suficiente alcance, y veía que la cosa, pues, se tornaba peliaguda, apelaba entonces a su condición de figura pública, larga en honores y trayectoria, para terminar de seducir y mantener el halo de encanto que se expandía a varios metros de su rango de acción.

Mientras estuvo viva nadie supo cuántos tenía. Y a esas instancias todo fue un océano de conjeturas. Incluso hoy, en plena era de la información y los metadatos, tampoco se sabe, con todo y que se pueda leer en Wikipedia que Hilda Vera nació en 1922. A secas. Sin día y sin mes. Pero no. Tampoco es cierto que haya nacido aquel año como lo pregona ese repositorio enciclopédico. Pero tampoco habrá de culpársele, puesto que nunca fue cómodo burlar un dato que, con tantas travesuras y encanto resguardó esta figura. Tesitura, que por supuesto, ha suscitado más fascinación entre sus colegas y las personas que la rodeaban, porque entendían que era parte de su delicado hechizo.

El dublinés Oscar Wilde señaló una vez: “La mujer que revele su verdadera edad, es capaz de decirlo todo.”  Por supuesto, ese decirlo “todo” femenino obedece al arte de la seducción. No al verbo deslenguado o ligero como podría suponer cualquier desavisado, sino al atractivo femenino que rinde a todos. Dejar algo, es reservar. Que es lo contrario a ocultar. Y en él yace el encanto, y en éste, el espacio habitable que siempre fue Hilda Vera. Título con el que fue homenajeada en el festival de cine en Mérida de 1986.

No era fácil tener que acudir frente a Hilda Vera, recuerdan sus colegas. Porque se sabía que se estaba frente a una de las primeras actrices del país. Porque se sabía que se estaba frente a una pionera. Como pionera lo fue del cine, de la telenovela y de la radionovela venezolana. Ricardo Tirado, investigador y mecenas del cine venezolano, recogió la gentil comparación que se le hizo en México, en la década de los cuarenta, al ser equiparada con la máxima diva del cine mexicano, María Félix.

Esto siempre reforzó su condición de diva. Pero de diva sin hipérboles, porque a Hilda Vera nunca le quedó grande tal rotulo. Si nos atenemos al concepto etimológico de diva, y no a esa vulgar idea de despropósitos, de caprichos vacuos, de temperamento irracional o de un ser de difícil complacencia, que se tiene sobre las divas, entonces podríamos hablar de una mujer de talento excepcional, de deidad femenina; y si la buscamos del derivado italiano, diva, mujer que se desenvuelve en el mundo de las artes con talentos probados; entonces sí, podemos hablar de Hilda Vera. Entonces sí, podemos hacer acopio de aquellos testimonios que dicen, con gratitud a los oídos, que Hilda Vera vivió como una diva experta en las lides de convocar almas. A veces sin decir una sola palabra.

Diva: “mujer que trabaja duro, que se niega a cometer errores y se rehúsa a que cualquier persona a su alrededor cometa errores, especialmente si esto interfiere con su dinero”. Precisó, Mary Ann Doane, en su libro: Feminismo, Teoría del Cine, Psicoanálisis.

De esta otra acepción, si es tomada como aproximación a Hilda Vera, entonces la encontraremos en su condición de primera actriz y maestra, curtida en las faenas de la actuación, que no titubeaba al tener que repetir escenas cuando veía que uno de sus compañeros se encontraba en aprietos o que no lo estaban haciendo del todo bien, como le ocurrió a Orlando Urdaneta cuando declaró con los ojos contraídos de la emoción, que Hilda fue una brújula en su camino profesional:

“Me sentía mal porque lo estaba haciendo mal, y quizá otro actor hubiera dejado que yo me reventara, y pues ella está muy bien y chao, pero no… ella quería que ambos estuviéramos muy bien, de modo que hacía repetir las escenas”.

También fue un faro para la entonces incipiente actriz Haydée Balza:

“Allí —en la película El Pez que Fuma, 1977—, ¡Hilda Vera me ayudó muchísimo! con tal elegancia y tal nivel de humanidad que me daba a mí esa enseñanza, yo que era menor que ella, y aprendía de cada cosa que ella hacía, la veía como una diva y también porque era una mujer como un ejemplo para seguirle”.

Y aquí convendría detener nuestra atención en el peso de su trayectoria profesional. Realizó 29 películas, las primeras siete de las cuales las hizo en la época de oro del cine mexicano, entre 1941 y 1951. Arribó al país en 1952 —bajo el gobierno del presidente encargado German Suárez Flamerich—, llamada exclusivamente por Bolívar Films, para que protagonizara la película Luz del Páramo, producida por Víctor Urruchúa, otro de los grandes directores del cine mexicano.

Por donde quiera que se busque, esta película representó para Hilda Vera un punto de inflexión en su vida. Muchas puertas se abrieron y muchos caminos se cruzaron durante la grabación de este film, entre los que se cuenta el comienzo de su carrera profesional en el país, la fraterna alianza que trabó, hasta su muerte, con el director de cine Román Chalbauld. Pero también hubo de acontecerle el encuentro del amor a primera vista con el actor, Luis Salazar, homólogo con la que compartió titularidad en el film. Luis Salazar fue el amor de su vida, fue su esposo y fue el padre de sus dos únicos hijos: Tony Salazar Vera y Andreina Salazar Vera. De modo que después de esta película, Hilda Vera no solo no volvió a trabajar fuera del país; sino que en se constituyó como la figura pública más importante del cine y de la televisión venezolana.

En lo sucesivo, el calibre de las hazañas de esta diva no cesó. Fue la primera actriz en ser llamada a estelarizar la inaugural telenovela que grabó RCTV, cuando salió al aire en 1955. La telenovela se llamaba CAMAY, que en aquel entonces tomaba el nombre de su patrocinante. Fue grabada en vivo, y se transmitió a las 9:00 de la noche y cada capítulo tenía una duración de 15 minutos. Esta producción duró más de dos años en señal abierta.

Pero quizá el mérito de más grata recordación para complacencia del cine nacional, fue —es—  la icónica escena de la muerte de la Garza del Pez que Fuma. Escena imantada de un dramatismo que pocas veces se había visto en las audiencias del país. Tal impacto causó la escena, que cuando el actor británico Sean Connery terminó de verla; preguntó como petardo: ¿Quién es esta actriz?  Y luego exclamó: “La muerte de esta mujer es comparable solo a la muerte de Greta Garbo en La dama de las Camelias”.

Román Chabauld, con olfato de aguzado director, vio que aquella escena —capital— podía sacársele punta registrándosele en cámara lenta (slow motion), o bien, de aquel movimiento lento, muy lento, a punto de congelarse. Ello expandiría el estupor de las audiencias al percatarse que su heroína caía accidentalmente abatida por su amante. Y las otras tomas giraron en casi todos los ángulos y sentidos panorámicos. Mientras otras tomas acompasaban los primerísimos primeros planos que enfocaban el rostro de la heroína, que lucía esplendida en ese vestido de plumas rosas cereza, ceñido como sirena de impecable corte y embadurnado de sangre que brotada del agujerado pecho. Fue, ciertamente, un festín de dramatismo rutilante, que rayó en lo ramplón, pero que logró mover a las personas que salieron del cine, con aquella tragedia tatuada en las retinas.

Poco o casi nada se habla de las divas en Venezuela, y cuando se habla no es bien entendida, en parte porque es asociado, por antonomasia, diva por divismo. Y si bien, poco se recuerda que tuvimos —tenemos— una diva que fue comparada, por ejemplo, con María Félix, la verdad es que, aunque se quisiera o mucho se pensara, Hilda Vera, la diva venezolana, no podrá olvidarse. No se olvida una mujer que fue titular de tantas querencias. No se olvida una mujer de tanto brillo. No podría olvidarse a una mujer que nos tiene pensado en el encanto de su edad. No se olvida una mujer que signó el cine, la radio y la televisión venezolana, para siempre. Pese a que el tiempo continúe rondando con su costal de polillas en el cementerio de lo finito, la memoria que es presente, nos insiste que Hilda Vera jamás podrá olvidarse.

Deja tu comentario