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Relato erótico sin mencionar partes íntimas.

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El fármaco comenzaba a hacer su efecto, relajaba tanto que la espera se hacía eterna, como si no pasara el tiempo, pero al menos sin sufrir ansiedad, ni miedo, o casi.

Pero la relajación comenzó a remitir en el mismo instante en que otra paciente penetró en la salita y se sentó justo en la fila de sillas que había frente a Germán. Apenas metro y medio separaban sus ojos de aquellas largas y bronceadas piernas. El vestido blanco era tan corto y amplio abajo que dejaba una desnudez tremendamente excitante para la vista del adormilado Germán.

La combinación del blanco con el perfecto tono amarronado de la carne, las pequeñas imperfecciones de la depilación, lo cuidados pies de uñas doradas… Finalmente, no sin esfuerzo, levantó la mirada hacia el rostro de la mujer. Parecía estar enfrascada en un libro de tapas duras en su lomo pudo leer Ken F..et, las letras que faltaban las tapaba el dedo pulgar de la bella joven. Uña dorada con un corazoncito brillante en el medio.

Por su parte la joven levantó la mirada del libro un momento y la posó sonriente en el único paciente de la sala de espera.

Germán devolvió la sonrisa sin apartar los ojos de los de ella, que le tenían fascinado. Calculó que tendría unos veinticinco años, desde luego a los treinta no llegaba. De nuevo saboreó las piernas de la chica en un lento y delicioso relax...

—¡Germán! Su turno, el doctor le espera.

“Vaya, qué oportuno”, pensó. Pero en realidad no le importaba porque al menos se le había pasado el tiempo volando. Le extrañó que la joven también se pusiera en pié y entrara en la consulta por la otra puerta. No pudo evitar deleitarse con la vista desde la retaguardia.

De nuevo medio tumbado en el singular sillón, como el mes anterior. De nuevo los nervios, la inquietud, el miedo volvía sin pedir permiso, ya no le quedaba atisbo alguno de la excitación in crescendo de unos minutos antes. Pero...

No lo podía creer, era ella la que acababa de entrar vistiendo una bata blanca.

—Le presento a mi nueva ayudante Germán, relájese que vamos a empezar.

Ahora la joven de doradas y largas piernas estaba pegada a él con un tubito metido en su boca con el que aspiraba la saliva. Por el momento solo saliva, no tardaría en tornarse rojo, pero ya no le importaba, no había miedo alguno y el dolor quedaba relegado. El bombón estaba sobre él y apoyaba parte de su cuerpo en su brazo derecho, prefería no pensar si se notarían los cambios en su cuerpo estirado, le daba igual. Sentía deseos de que el doctor le estuviera trasteando la dentadura durante horas... Ahora notó que una mano se posaba en su hombro y le sacudía con cariño...

—¡Germán! Su turno, el doctor le espera.

Sintió que su cuerpo en algunas zonas se desinflaba como un globo, en la salita no había nadie, la ayudante era la misma enfermera de siempre, o sea la esposa del dentista. Un dolor de encías se fue apoderando de él. Los nervios volvieron y ya no se podía llamar miedo a lo que sentía, sino terror, encima notaba húmedos los pantalones y ahora debería tumbarse boca arriba a la vista de...

No cogió el ascensor, bajó los cuatro tramos de escalera sin apenas tocarlas, ya en la calle detuvo un taxi.

—¿Dónde vamos? —preguntó el taxista.

—Al prostíbulo más cercano.

 

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