Durante Cruz

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Durante Cruz

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El aliento fétido del monstruo resollaba en todo el lugar. El niño intentaba en vano mantenerse quieto. Sentía que todo su cuerpo al temblar, provocaba un ruido insoportable, un faro para que el gigante lo encontrara. Se imaginaba, entonces, que el titán enloquecido le tomaría con sus enormes brazos-garra y lo partiría en dos.

Los gruñidos se sucedían de un lado, luego de otro. A veces, el pequeño se quedaba un buen rato en un lugar, permanecía unos instantes y de inmediato cambiaba de escondrijo, con la única finalidad de intentar confundir a la bestia. Pero no sabía si estaba dando resultado esa, la única estrategia, pues la criatura llevaba aún más tiempo que él sin mostrarse, sin aparecer. Pareciera que estaba jugando con él. Y ciertamente lo estaba cazando. Él era la presa.

Tenía que pensar rápido, pero cada vez le era menos posible. El miedo le dominaba. Y como apenas era un niño pequeño, no sabía que más hacer. ¡Quería llorar, pero no podía! El ser podría oírlo y raudo iría a matarlo. No sabía que más hacer. Sudaba copiosamente, pero no podía controlarse. Incluso pensaba que en algún momento se haría del baño.

Un grito. Espeluznante como podía ser, erizó cada centímetro del cuerpo del joven, así que echó a correr. Conocía bastante bien el lugar. Después de todo, seguido venía a jugar con sus amigos en esa zona tan boscosa. Todo era parte de la amistad entre los chicos del pueblo: era una de las mejores formas de establecer un lazo que los uniera. Y durante generaciones había sido de esa forma. Por ello los padres nunca se oponían a que sus hijos se adentraran en zonas tan profundas del bosque. Pero jamás se había visto criatura alguna que pudiera causar tanto terror. Solo una vez años atrás en que un asesinato causara conmoción en un pueblo tan pequeño.

En las últimas semanas fue cuando iniciara el terror. El pequeño no comprendía muy bien: solo quería volver a casa. Algunos de sus amigos habían desaparecido y sus papás no le decían bien a que se debía. Otro aullido. Se levantó el niño lo más rápido que pudo y echo a correr, ya habiendo perdido el conocimiento del lugar donde estaba, debido al miedo. No quería ver hacia atrás; solo quería salir de allí y no volver hasta que atraparan al monstruo.

Y mientras caía al suelo con la pierna destrozada por el golpe que se le acababa de asestar, en ese instante, comprendió que él tampoco volvería a ver a nadie. Y mientras lloraba de miedo y dolor, como en una imagen que lentamente te moviera, veía la garra gigantesca acercarse, seguro ya de que en unos días a él también le encontrarían destrozado…

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