Taller

Tormenta de verano

16

1
Tumbado en la piedra, a la orilla de la charca, miraba el cielo anaranjado de última hora. Imaginaba las formas imposibles que le sugerían las nubes que se acercaban . Se evadía de la realidad , creando historias paralelas que no existían y convirtiéndolas en un pasatiempo inútil.
Las sienes le sudaban al sol, pero una brisa ligera y un olor intenso a tierra mojada en el ambiente, intuían tormenta.
Los insectos revoloteaban por su cara, brazos y piernas, con ese zumbido característico en la soledad del bojsque. Y hoy, los pájaros no volaban. Los grillos, con su canto de origen desconocido, le hacían compañía invisible, y las ranas croaban saltarinas, mientras se despedían, a su manera, saltando al agua.
Solos, él y la naturaleza más auténtica, en el estanque de los juncos.
Buscaba tranquilidad, y sólo allí en estos días de agosto se podía encontrar con ella. Apartándose durante semanas en el pueblo, huyendo de la ciudad, y dejando pasar las tardes de verano andando por caminos mil veces pisados, centrado en lo que nunca salía de su interior.
Risas lejanas de niños, -bullicio en la parte más baja del río- le recordaban una y otra vez lo efímero de la temporada estival, la vuelta a la rutina en pocos días.
Y ella esperándole en la ciudad. Ella que requería su tiempo precioso y unas condiciones que él no estaba dispuesto a ceder. Aún sin estar presente, quitándole espacio de su mundo sin compartir. Aguardándole en otoño con unas respuestas que él no había elaborado aún. No quería volver. No estaba preparado para enfrentarse a más reproches, ni para seguir siendo un querer y no poder de sí mismo. Todavía no.
La primera gota en el muslo.
Fría.
Inesperada pero prevista, sólo fue la precursora de miles de gotas más que se precipitarían sobre él. Seguida esta exploradora, al momento, por un estallido de luz que anunciaba en poco segundos, con un ruido ensordecedor, que la bóveda celeste se abriría para dejar caer su furia. Y tras varios hilos de luz blanquecina que se daban la mano atravesando el cielo, rompió la lluvia sobre él.
Las gotas caían gruesas, calando su camiseta con rapidez, sin darle tregua para resguardarse bajo los árboles que se encontraban bosque adentro. Parecían querer añadir un peso extra sobre él, sobre su conciencia ya pesada. Se quitó rápido la camiseta y la lanzó al suelo.
Caían fuertes, picaban incluso. Al tocar el suelo hacían saltar pequeños granos de arena que se le clavaban en las pantorrillas como pequeñas agujas. Le pegaban el pelo a la cara, sobre los ojos, y mientras le chorreaban en hilos de agua por la piel.
Y un olor maravilloso a húmedo inundándolo todo.
Y unos truenos rotos encendiendo el bosque a su paso.
Quizás no fueron más de diez minutos en los que aquel torrente de agua cayó y cayó arrastrando incluso las piedras en su camino. Pero con todo ese chaparrón que había descargado sobre él, ahora se sentía limpio por dentro. Más puro en su interior. Las lágrimas del cielo lo habían transformado con su llanto y también habían arrastrado parte de su amargura.
En un primer momento hizo el intento de guarecerse pero para su satisfacción, y no sin cierta incomprensión por una actitud rebelde contra sí mismo, se descubrió gozando bajo esa lluvia repentina.
Con los brazos extendidos hacia arriba quería recibir todo lo que le ofrecía aquel aguacero, inclinaba la cabeza hacia lo alto escuchando, oyendo y sintiendo sobre sus ojos. Daba vueltas sobre sí mismo como un loco clamando al cielo. Pidiendo más.
Reía, incluso gritaba, dejando salir al tiempo su propia tormenta interna. A ésta, le dio rienda suelta para que se llevase todo lo que ya no necesitaba, para que le lavara las sábanas de los fantasmas internos y liberase un caudal de sentimientos guardados para que fuesen a desembocar a un estanque de tranquilidad final.
Baldeando su espíritu, con los zapatos en la mano y la camiseta escurriendo sobre su hombro, se concedió la libertad de bajar al pueblo por la orilla del río, sin hora de llegada.
El sol volvía a salir para secarlo todo, tímido ya y apunto de apagarse. Creaba reflejos rojizos en las hojas todavía mojadas, y un arco de colores surgía de las aguas ahora tranquilas. La vida del bosque todavía permanecía oculta, asustada. Terminaría dando paso a la confianza de volver a la normalidad para cada uno de sus habitantes. Pero no todavía.
Para él todo el chaparrón había sido algo más que un momento puntual en el bosque. Había significado un punto de inflexión que le había dejado el poso de una sensación muy agradable: volver a ser dueño de sí mismo.
Ahora todavía quedaban unos pocos días de estío para descansar, y cuando terminasen, se enfrentaría a sus dilemas con fuerza y valor. Pero aún no. Todavía se podía dejar acariciar un poco más por el sol, por la montaña, por la naturaleza y por la soledad que tanto disfrutaba.

Perros mártires

13

1

 

La foto de tres galgos ahorcados que publicaron los periódicos de Madrid luego de la caza de febrero, generó reacciones en los asistentes a la II Convención de Perros de Caza que se celebraba en Toledo. Acordaron los presentes inmolarse, estarían entre los últimos en terminar calcinados, molidos a golpes o en “tocar el piano”, que es como se llama la práctica humana de colgar canes que desesperados por la asfixia mueven las patas delanteras hasta morir, como si fueran pianistas. Dijeron a sus pares del mundo “¡Nunca más!” y fijaron con su propia sangre las huellas de sus patas en un documento de compromiso con su especie. El pacto se hizo viral en las redes caninas (unos ingenieros venezolanos habían diseñado una plataforma no comercial para la interconexión animal).

En la siguiente temporada, los perros arruinaron la fiesta a sus amos en Castilla-La Mancha. Les llevaron a falsas madrigueras; deliberadamente, dejaban huir a los zorros, se perseguían a sí mismos, ladraban locamente para desconcertar a los hombres, las liebres saltaban sobre los perros inertes ante la mirada atónita de los cazadores que, a poco de esas conductas perrunas, se aburrieron de su oficio de muerte. Como siempre, colgaron a los perros, pero esta vez fue más por venganza y frustración por el fracaso de la caza, que por la tradición.

Al año siguiente, otros galgos repitieron el plan de los mártires anteriores. La caza perdió sentido, los cinegéticos desistieron de la idea de seguir presionando a las autoridades para que se declarara Patrimonio de la Humanidad a la caza con perros. El triunfo de los toros de que se prohibiera las corridas en Madrid, Cataluña y Canarias en años anteriores, sirvió de inspiración a los valientes caninos.

Aquel, fue el último febrero en el que se vieron fotografías de prensa de perros muertos colgados en los árboles.

Huracán

20

1

Había nacido en una zona lejana del Atlántico, cuando el aire cálido de una tormenta y el aire frío de la superficie oceánica se combinaron y comenzaron a elevarse. En sus primeros días de vida, era apenas un remolino de vientos, pero ya para el día que nos ocupa, se había convertido en un temperamental huracán categoría cinco. Era hermoso y fuerte, sus brazos alcanzaban los mil kilómetros de extremo a extremo y su ojo tenía un diámetro de cincuenta pacíficas y calmas unidades, bajo sus ondas nubosas se hacía acompañar de vientos con velocidades extravagantes y lluvias torrenciales que eran las encargadas de anunciar su proximidad a tierra.

Le habían contado que el continente americano era un lugar bonito y tranquilo para establecerse; puesto que la expectativa de vida de los huracanes es muy corta, él no dudó en dirigirse hacia allá. Hizo maletas, vistió una camisa estampada, calzoneta veraniega, sandalias aptas para la playa, lentes de sol y en tan solo veinticuatro horas apareció en todos los radares meteorológicos. Se puso muy contento al enterarse de cuánta expectativa generaba su llegada, tal era su emoción que hizo llover por tres días seguidos hasta desaparecer unas pequeñas islas sin dueño; después de eso el conflicto entre Argentina e Inglaterra llegó a su fin. Gracias a las condiciones favorables que iba encontrando en su camino, creció rápidamente y ya al tercer día, la Estación Espacial Internacional había logrado hacerle su primera fotografía, misma que circularon en los principales periódicos del mundo. Se veía guapísimo desde allá arriba. Su intensidad fluctuó durante los días siguientes debido a la formación del ojo, pero en su sexto día de vida alcanzó la categoría de huracán mayor. Ese día celebró por todo lo alto, mientras los noticieros contaban cómo un archipiélago entero se había ahogado.

A la mañana siguiente despertó y retomó su camino; no tuvo que avanzar demasiado para encontrar tres hermosas extensiones de tierra, separadas una de la otra, pero con características similares: verdes relieves y personas multicolores, música alegre, frutas diversas y jugosas, los tres lugares eran sitios de fiesta perpetua. Parecían pequeñas cajitas musicales, llenas de adornos y gente pequeña con el Mar Caribe como espejo. La imagen le enterneció. Recordó que había olvidado unas gotas de lluvia y regresó sus pasos; en su camino de vuelta, vio al mar embravecido, notó que las pequeñas islas que se erguían antes ya no estaban, a lo largo se levantaba una estela de destrucción que nunca tuvo intención de provocar. La tristeza le invadió y sentía un impulso enorme por reponer el daño, abrazar aquellas criaturas que había lastimado y desaparecer. En su entusiasmo por conocer nuevos mundos, había llevado el caos a aquellas lejanas tierras y se dio cuenta que la expectativa generada en realidad era miedo. Se sentó un rato mientras pensaba que debía hacer.

A lo largo se escuchaban los periodistas anunciar que la categoría del huracán había bajado un número y que parecía desviar su curso; los anuncios fueron acompañados por gritos de júbilo. A pesar de saberse no querido, comprendía la reacción de la gente. Solo algo le confundía: le llamaban Irma. Ese era un nombre femenino y hasta donde su entendimiento de siete días de vida le llevaba, él se sabía masculino. Todavía no se había detenido a pensar en su nombre, pero definitivamente no quería llamarse Irma. Se vio acusado de machismo, pero sabía que esa no era su razón. Simplemente no se sentía identificado con un nombre de mujer; toda su estructura gritaba ser hombre y quería ser llamado como tal.

—Me llamo José—gritó no de forma violenta sino con una civilización recién adquirida, con la única intención de informar cuál era su verdadero nombre y género.

Su grito tocó tierra convertido en vientos huracanados que levantaron techos de casas y pusieron a bailar a las palmeras. Las redes sociales se encendieron con metrajes amateurs de gente viendo de primera mano las inundaciones, los llamados de ayuda internacional se hicieron escuchar por todas partes. Las evacuaciones fueron tan masivas que eran visibles desde el espacio como enormes trenes de luces a lo largo de las carreteras, las iglesias se abarrotaron por los más incautos elevando plegarias para que Irma desviara su curso o mejor aún, que desapareciera.

José comprendió que el rechazo era inherente a su naturaleza, nada de lo que hiciera cambiaría la percepción que tenían sobre él; tampoco podía pedir demasiado a aquellas bestias que no eran capaces de siquiera atinar su género. Si José hubiera vivido más tiempo, se habría dado cuenta que la costumbre era poner nombre de mujer a los desastres naturales, a las brujas y a los electrodomésticos. Al acercarse más, los conoció y determinó tomar la justicia en sus propias manos. Con todo y lo majestuoso que él era, esa humanidad se había atrevido a ofenderlo, habían querido destruirlo, se empeñaban en etiquetarlo con un nombre femenino y le dictaban normas de conducta que no eran propias de él. Qué no harían con los pequeños, con los que no podían defenderse y peor aún, con los que no tenían voz propia. Definitivamente una especie así no podía continuar, su legado debía morir con él.
Tomó la corriente caliente en el vasto océano y los vientos fríos del norte, los combinó en un abrazo, contuvo su fuerza en su ojo y desató su furia hacia el horizonte. Ya no le importaba lo hermosas que se veían las cajitas musicales o lo imponente de aquel continente nuevo en la historia del mundo. Ya no le importaba su propia existencia ni el recuerdo que dejaría. Si una vez ese mundo había sido destruido con un diluvio, tal y como ellos mismos lo contaban, podía ser destruido otra vez.

Una alerta roja se propagó por toda la costa atlántica de Estados Unidos, las islas caribeñas o lo que quedaba de ellas, ya solo se veían azotadas por la cola de José. Especies no endémicas aparecieron en África y el istmo centroamericano recibía réplicas de temblores nacidos en México.

Al octavo día, José descansó.

Amigo del alma

36

2

 

Amigo del alma,

No sabes cómo agradezco el que me hayas llamado para contarme tu estúpida pena, digo estúpida porque deriva de una estupidez de un momento estúpido de un tipo estúpido por el alcohol y pues por eso lo digo así, ok?. Realmente te siento o te escucho conmovido y algo triste, pero como dicen por ahí: “a ver si con esto escarmienta este pendejo” o “hasta que no pase un desgracia se va a estar en paz” y lamentablemente tienen razón, mucha sino un chingo de razón para pensar así, tu y yo lo pensaríamos, ¿qué dirías de un pendejo que hace lo mismo viéndolo desde una perspectiva sobria? Entonces no podemos culparles, a quienes sean por pensar así de nosotros, pero tampoco deben abusar de su posición de acusadores  porque de algún modo todos forman parte de eso y en algún momento se pueden salpicar, así que no deben ni debemos estigmatizar a nadie de los nuestros cuando la pendejez en cualquier modalidad los embarga, ni debemos caer en la hipocresía excesiva de nuestro arrepentimiento auto-sometiéndonos al exilio o a trabajos forzados que lejos de ayudarnos nos llevan más al abismo de nuestra frustración  y hacen mas fuertes los momentos depresivos de la existencia, de nuestro día a día y esto, hermano mío, es más peligroso porque nos puede ir matando poco a poco, sin que los demás se den cuenta o si quiera lo sospechen y lo peor: que no puedan hacer nada. Así que deja de atormentarte con lo que pudo haber pasado si hubieras hecho esto o aquello para bien o para mal, a trabajar en uno mismo y tratar de NO cagarla más, debemos entender que todo tiene un límite y jugar tanto a rebasarlo nos seguirá llevando a malos momentos, heridas profundas, traumas irreparables y hasta catástrofes irreversibles. Si el asistir a las sesiones de AAA te reconforta de alguna manera o te da cierta sensación de alivio, pues seguí!!!! Pero si no hay nada de esto o de plano te da pa’bajo, pará!  e intenta otra patraña externa y colectiva para que todos vean y se den cuenta que lo estas intentando como los grandes y tu raiting vuelva a subir y te vuelvas a sentir dueño de la situación y la vuelvas a cagar y seguir así hasta que tengas 83 años... o simplemente sé tú mismo e intenta controlarte así como quisieras que se controlaran tus hijos ante una situación similar, así como controlas tus deudas y tu exbox, pero Compadre, Hermano, Amigo, Homabre: no te flageles mas y dale vuelta a la pagina, eres puro corazón, eres Grande y Poderoso estas rodeado de AMOR, tienes una familia grandiosa, has creado mucho en esta vida así que no te lamentes de nada y sigue adelante pero no sufras más que lo fuerte apenas empieza, viene otra etapa difícil que seguro ya estas lidiando, y es el temperamento de tus hijos que se van convirtiendo en individuos y que ni tu ni nadie podrá contener y ahí sí, te vas a dar de palos porque vas a pagar todas y cada una de tus pendejadas.

Te quiero siempre mucho y deseo con todo mi corazón que encuentres la fórmula para no cagarla más.  

 

Con el cariño de siempre.

…………..

 

Sigamos intentando tocar el cielo,

                         acariciar las pieles,

No paremos de jugar a ser los buenos

                         y perdamos siendo los malvados que se redimen,

Blasfememos ante el arrepentimiento que intenta aprisionarnos

                        y burlemos una y otra vez la ley,

De quien si no la nuestra?

 

………………..

 

Tus hijos

    los míos,

los que engendraste son ellos mismos

                                     serán, quien sabe que serán!.

Tus hijos

     los míos

los de ellas que intentan tener sus propias vidas,

                                      su dolor tendrán y sus sueños perseguirán

 

Y, ¿nosotros?

Qué sus sueños no tendrían que ser los mismos que los nuestros?

 

Tus hijos

      los míos

que ni son tuyos ni son míos son de la vida y

                                                               la vida es de ellos.

 

@      

Una visita inesperada

33

Like

Inaudito!!, no existe otra palabra para describirlo, porque levantarme, después de una noche plagada de sueños extraños, y encontrar de buenas a primeras ,¿ cómo decirlo sin que piensen que deliro?, al cocodrilo más grande que vi en mi vida, aunque, para ser sincero, nunca hasta ese momento había visto uno, al menos no tan de cerca.

Leer

“Aida” Una historia más

14

1

Aida era una chica blanca, de estatura promedio, con un ojo color gris y otro color verde. Tenía el cabello negro y cara redonda. Vivía en un pueblo alejado de la ciudad con sus padres y era la segunda de seis hermanos.

Aida siempre fue diferente a los demás niños, era bastante retraída y de comportamientos erráticos. No lograba prestar su atención a ningún tema en específico y tenía la costumbre de huir del colegio y desaparecer hasta caer la noche. Éste hecho nunca llamó la atención de sus padres, pues eran personas que dedicaban todo su día a trabajar en el campo y nunca recibieron educación en alguna institución, desde que tienen uso de razón, sólo saben de tener hijos y trabajar para mantenerlos.

Mientras los años pasaban, Aida comenzó a tener una vida sexual libertina y sin ningún tipo de cuidado, así que era de esperarse, que se dedicara a parir una y otra vez. Cada hijo que tuvo, procedió a regalarlo. Hablaba con sus hermanos, tías y conocidos, para conseguirle casa a sus pequeños, y cuando alguien aceptaba, ella simplemente se desprendía de ellos, como cual prenda barata regala una mujer.

Un día, después de una visita a casa de sus padres, Aida se dirige a la ciudad en busca de un trabajo, pues su anciana madre, la recomendó con un Sr. De familia extranjera, españoles, para ser precisos, para el trabajo de ama de llaves y a ella le parecía una buena oportunidad para explorar las calles citadinas. Al llegar al terminal, la esperaba un Sr. Alto de unos 40 años, en su elegante ford mustang año 1965, el cual combinaba perfecto con su dueño.

Comienza a trabajar en su casa y así transcurren 6 largos meses. Trabajaba con el Sr. Miguel y la Sra. Carlota de Zaragoza, quienes tenían 10 años de casados, pero hasta el momento, no habían logrado concebir un hijo. Debido a la confianza que éstos le tenían, no dudaron el proponerle a Aida, que engendrara al hijo que Carlota jamás iba a poder  tener, a lo que Aida acepto sin dudar.

Los nueve meses transcurrieron sin problema alguno, y ésta pareja veía como llegaba la felicidad a sus vidas. Lastimosamente, después de nacida la criatura, Aida volvió a sus arranques de siempre, su corazón estaba dominado por el resentimiento y el egoísmo, así que una noche lluviosa, mientras los señores dormían, huyó con el bebé en brazos y nunca supo lo que pasó con aquella pareja, pues volvió a su pueblo natal y no lograron dar con ella.

Lo más increíble de este caso, es que ella no se llevó al niño para, por primera vez, criarlo, sino por el simple hecho de que la pareja no fuera feliz con el pequeño. Como se imaginaran, Aida lo regaló también, en esta oportunidad, a una de sus hermanas. Luego de hacerlo, desapareció, se fue del pueblo y nunca volvió.

Los niños se conocieron, pues fueron criados por su mismo círculo familiar, sólo que algunos les fue otorgado el título “hijos” y otros sólo pasaban de la casa de algún familiar a otro, siempre tratados como “Los huérfanos”.

A veces me pregunto: ¿Quién es peor? ¿Aida, que se dedicó a traer niños al mundo para darles la espalda o las personas que aceptaron cuidar a estos inocentes, pero lo que hicieron fue darles una vida de humillación y el lugar de “personal de servicio”?

No sé a ciencia cierta si mi padre fue afortunado de ser adoptado por su tía y su esposo con problemas de alcohol, pues a pesar de ser tratado como un hijo más, no tuvo una infancia del todo feliz y a medida que pasaban los años, la vida le demostraba que no tenía familia, que estaba solo en el mundo. Claro, hasta que conoció a mi madre, quién lo ha acompañado por 24 años. No tengo manera de determinar, que hubiera pasado si mi “abuela”, le hubiese dejado a  mi papá, a esa pareja de españoles, tal vez hubiese tenido una vida mejor, con todas sus necesidades cubiertas y amor incondicional o tal vez no, pero valoro y admiro en lo que se convirtió.

Siempre me dice que no cambiaría nada, pero si yo tuviese el poder de hacerlo, lo haría sin dudar (aún si arremeto contra mi propia existencia), porque todos merecemos ser amados y protegidos. La vida es dura, un tanto más para algunos, que para otros, pero lo es y podemos lamentarnos o continuar, así que mi papá continuó y está aquí, rodeado de sus 6 hijos y su esposa, dando todo lo que tiene y recibiendo aquello que les podemos dar. Él pudo odiar, pero eligió perdonar y es lo que lo ha mantenido de pie, el estar libre de resentimiento.

Quizás lo primero que se nos ocurre, es juzgar a aquella mujer, convertirla en un monstruo, en una desalmada, pero no es el deber ser. Sólo dios y ella saben lo que pasaba por su cabeza y lo que la llevó a tener ese comportamiento, y así como ella, imagino que hay muchas
“Aida” en el mundo. Al final siempre se repetirán las mismas historias, sólo que con personajes diferentes.

Libertad. Capítulo 1. Miedo a la libertad (extracto del capítulo, segunda escena)

11

1

El presidente socialista, Arlex Borjas, había gobernado de forma autoritaria a Caribea durante los últimos tres años, apoyado en la mayoría parlamentaria de la que gozaba en la Asamblea Nacional, poder legislativo de Caribea. Gracias a eso, ejecutó una serie de políticas gubernamentales que, aseguró, llevarían al país a la bonanza económica, pero, una vez implantadas, sumieron a la nación en unos niveles de pobreza peor a los que existían cuando llegó al gobierno. De pronto comenzó un período de fuerte  escasez de alimentos y medicinas. Los precios de todos los productos, especialmente los alimentos, aumentaban a cada momento mucho más rápido que los sueldos de los trabajadores. Arlex creía firmemente que sus políticas eran correctas y que la mala situación era temporal, pero que se había alargado porque los empresarios y políticos opositores a su gobierno conspiraban y saboteaban la economía nacional. Decidió entonces encarcelarlos y acusarlos públicamente de conspiradores. Arlex estaba seguro de que el pueblo creía en tal acusación, y en que la culpa de la crisis económica no era de él. Por eso no se opuso a que hubiese elecciones para escoger nuevos diputados a la Asamblea Nacional cuando el actual período parlamentario ya estaba por vencerse; confiaba en que volvería a obtener la mayoría. Además necesitaba mantener una apariencia de legalidad y democracia para su gobierno ante la comunidad internacional, la cual no estaba dispuesta a mantener relaciones comerciales con presidentes autoritarios.

Para sorpresa de Arlex, el pueblo sí lo culpaba de la crisis económica y le retiró el apoyo electoral a sus aliados en el parlamento. Así, los políticos opositores a su gobierno lograron su primera victoria en mucho tiempo y se hicieron con la mayoría parlamentaria. Ahora se preparaban para aprobar una serie de leyes que detuviesen el avance socialista de Arlex y lograran su posterior destitución. Cuando ya todo parecía perdido para Arlex, un poderoso aliado emergió del mismo infierno para otorgarle una fuerza sobrenatural que lo mantuviese en el poder y arrasara contra aquellos que se le opusieren.

********

En un sucio callejón en medio de dos edificios abandonados próximos a demoler, unos ocho mendigos dormían tirados en el suelo bajo el cielo estrellado, acurrucados entre periódicos para darse calor. Uno de ellos bastante joven tal vez de veinte años de edad, que dormía abrazando una botella de licor, despertó y se quedó mirando con melancolía uno de los muros resquebrajados del edificio, sobre el que había un texto escrito con pintura en aerosol que rezaba: “Viva el Socialismo, viva el presidente Arlex Borjas”. Una lágrima drenó de su ojo derecho cuesta abajo por su fría mejilla, y sintió como le calentaba la piel por donde pasaba.

El ruido de un camión acercándose hizo despertar al resto de los pordioseros, mientras el más joven continuaba inmutable viendo hacia el muro con el escrito. El vehículo negro se estacionó en la entrada del callejón y de él bajó Víctor, un cuarentón alto y fornido, de cejas muy pobladas, acompañado de otro hombre delgado y de aspecto demacrado, que lucía de unos treinta años de edad. Ambos vestían el uniforme azul marino de la Policía Nacional de Caribea. Las luces delanteras del camión alumbraban a los mendigos y les hacía imposible distinguir a los policías a contra luz, quienes para el momento no eran más que dos negras siluetas caminando con sigilo en la noche.

Cuando los pordioseros por fin divisaron en los hombres el uniforme de la policía, la mayoría corrió por instinto, pues siempre eran retirados por las autoridades cuando eran hallados pernoctando en alguna calle; pero el mendigo que continuaba viendo el escrito en el muro no lo hizo, seguía con su mirada anclada en éste.

—Ése servirá —le dijo Víctor al otro policía, señalando al indigente.

—¿Y los otros que se fueron?

—El presidente Borjas pidió un solo conejillo de indias, da igual; todos son basura.

Ambos hombres tomaron al mendigo por los brazos, éste despertó de su letargo y comenzó a gritar mientras era arrastrado por el suelo. Su botella de licor se le salió de sus manos y se rompió contra la acera. Los otros mendigos lo veían todo a la distancia detrás de unos botes de basura.

El panel de una ventanilla en la puerta de hierro de un calabozo se abrió, y dejó entrar un exiguo haz de luz eléctrica, que iluminó un poco el recinto donde el mendigo estaba encerrado en total oscuridad desde que llegó hacía varias horas.

—¡Sáquenme, denme mi botella! —gritaba el hombre visiblemente ebrio con su voz engolada y mirada desenfocada.

Dos cabezas humanas se asomaron a contra luz por la ventanilla.

—Enciende la luz para que él pueda ver lo que nos interesa —le dijo Arlex a Raymundo, un rechoncho hombre de aspecto malévolo que usaba bata médica. Tenía unos setenta años de edad, su rostro bastante demacrado y su cabello corto despeinado ayudaba a darle un peor aspecto.

—¡¿Quienes son ustedes?! ¡Sáquenme, mi botella por favor!

A los pocos segundos, la habitación quedó iluminada por un bombillo incandescente. El mendigo se cubrió sus dilatadas pupilas con las manos y pestañeó varias veces cuando sintió que los ojos le ardían. Miró a su alrededor y vio una larga tabla de madera recostada sobre un muro. Tenía forma rectangular casi perfecta, del tamaño aproximado de una puerta promedio con algunos resquicios en sus bordes. Sobre la tabla, el hombre vio la imagen de una figura humana que le pareció había sido pintada sobre la superficie de madera. Se trataba de la imagen de un hombre vestido de hábito negro de monje, sentado de medio perfil girado hacia su izquierda, con sus manos posadas sobre sus piernas. Tenía un rostro pálido, con ojos azules de mirada lejana, tan penetrante e inexpresiva que le daba un halo de misticismo. Llevaba barba y bigote. Su cabello era negro y largo hasta el cuello. Se trataba de Rasputín, aquel famoso monje ruso con una gran influencia política en los últimos días de la Dinastía Romanov a principios del siglo XX. Muchos de quienes lo conocieron dijeron que en su momento él pretendió darse una apariencia de Jesucristo, y que tenía fama de sanador con dones milagrosos. Por tal razón, en 1905 fue llamado al palacio de los zares de Rusia para detener una hemorragia del príncipe Alexis quien padecía de hemofilia. El niño mejoró y la familia Romanov cayó bajo la influencia del monje.

El hombre sobrecogido no pudo evitar ver a los ojos de la imagen de Rasputín.

—Ahora veremos lo que le pasa a nuestro sujeto de prueba —dijo Raymundo.

El mendigo quedó inmóvil con la mirada fija en los ojos del monje ruso. Sintió aquella imagen como una presencia humana real, pero tan pesada que le oprimía su pecho y le cortaba la respiración. Raymundo y Arlex observaron con atención algo inaudito que comenzó a sucederle al infortunado hombre. Unos guardias en el pasillo cerca de la celda oyeron los gritos del pordiosero. Eran alaridos de sufrimiento y jadeos, acompañados de sonidos de golpes secos como si estrellaran un saco de arena contra el piso repetidas veces. El alboroto duró unos pocos minutos, luego el silencio fue súbito. Arlex y Raymundo, con gestos muy complacidos, seguían viendo al interior del calabozo donde ya el mendigo no gritaba.

—Quiero que esto mismo le ocurra a Ariel Gómez, el día que presente su propuesta para nombrar los nuevos jueces de la Corte Suprema de Justicia que intentarán destituirme —dijo Arlex viendo algo que le había sucedido al pordiosero.

—Si eso quieres, eso le pasará al flamante diputado y profesor Ariel Gómez. —Raymundo se carcajeó con sus manos sobre su vibrante barriga.

 

 

Ojo de pez

15

3

Me pasó una vaina increíble. Yo venía saliendo de un lugar que ni recuerdo el nombre; estaba cantando mientras caminaba por el puerto, y de repente vi a una chama. ¿Qué coño hará allí solita? Parecía que estaba contemplando aquella llanura de espejo, pero la vaina me pareció rara, y como yo no soy ni chismoso ni metiche la comencé a llamar: ¡psst!, ¡ehy!, ¡tú!, ¡psst! ¡ehy!, de seguro pensó que la iba a violar, porque no me paraba bolas. ¡Chama! Y nada que me hacía caso, así que me le acerqué. Cuando ya estaba a unos cuantos pasos de ella, volteó. ¡Mi hermano! Esa mujer tenía los ojos más azules que yo había visto en mi vida. Unos ojos tan azules como el agua del mar. No decía nada, así que me quedé parado, allí, inmortalizado. Rezando a Dios que no me fuera a matar. Bueno, di otro paso y chupulún pal agua. Fui tragado inmediatamente por la llanura de ese espejo y la densa oscuridad de su reflejo. Fue una vaina espeluznante, a un lugar de donde yo estaba me veía a mí mismo, y poco a poco fui desapareciendo. Cuando estaba a punto de perder la conciencia, apareció otra vez la chama esa; me abrazó y pude moverme de nuevo, luego insufló en mi boca; inspiró en mí vida. Fue una vaina loca, hasta se me erizó la piel y todo. ¡Mira, ve! Se tatuó en mi piel. ¡Veme los brazos! Las costillas, también.

El Hombre que queria escribir

36

1

Mi primera novela comenzada en el 2012 y en proceso de desarrollo, viniendo al sitio decomoescribir.com para pulir y mejorar mis habilidades.

Es mi visión del mundo, donde combino ciencia ficción con mi vida , lo cotidiano con lo vulgar y lo cómico de el vivir.

Leer