Concursantes

Un delito con pena de muerte

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Elouice, la niña de apenas 12 años que estuve el borde de la muerte por una golpiza de su madre y fue milagrosamente rescatada por un policía que se convirtiria en el amor de su vida. Ahora su nuevo nombre era Alice y estaba en un internado para huérfanos, pensó que esto sería el cambio rotundo de su antigua vida, pero siempre hacia falta el amor. Un amor que nunca tuvo de parte de su familia.

Julian es un chico de apenas de 23 años, dedicado a la institucion de policía. Su pasión era defender a las personas, lo hacia feliz. Hoy acomodaba su corbata para ir a una cita con su novia Danielle, pensaba proponerle matrimonio, ella era la mujer indicada.

Alguien golpeó la puerta y Julian amablemente la abrió. En el umbral estaba Clay, parecía haber corrido una maratón.

—No puedes proponerle matrimonio—lo miro confuso, no sabia a que se refería.

—¿A que te refieres?—hablo de manera irónica, pensó que se trataba de un chiste.

Clay se sentó en la cama y se acomodo el cabello. Sabía que esa actitud era propia de nerviosismo, el había aprendido a leer los movimientos de las personas siendo policía.

—Ella no es la mujer para ti, tu no la amas. No cometas un error, te visto con Alice.

Julian sesorprendio por lo que él había dicho. Pensó que solo era un secreto entre el y ella.

—Ella es sólo una niña.

—No lo es, ya tiene 18 años, por ¡Dios!, date cuenta Julian. Ella te ama.

 

Algo de eso.

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"Dicen que el mejor beso es el que se guarda, unos dicen que nunca llega, otros hablan que, en darse, es el que más tarda. Las historias de los cuales son siempre un misterio, enamorados los dan con pasión y algunos locos como remedio, curando un corazón y dando alivio eterno. La magia de los mismos no se puede citar ni describir en versos, solo en el actuar , en su descubrir y arriesgar de estos se llega a un cálido encuentro, a un perfecto misterio. Pensando en alguien puedo escribir yo esto, mi misterio es ese tiempo en el que mi amada tarde en leer este texto, ojalá sea pronto, "ojalá" no sea un mal pretexto, y que de mi Dios se apiade llegado ese momento, puedan mis ojos ver los suyos, tomar su perfecto cuerpo y de esto y aquello, muy juntos por supuesto, culminemos lo que sentimos con un profundo beso. Y se que te guardaré en mi corazón, haz lo mismo, no tengas miedo, porque aunque sean oscuras la noches, tu siempre brillaras en cada segundo de mis deseos."

Después de tantos soles.

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Después de tantos soles, tantas lunas, tantas sequías y tantas lluvias, volvieron a encontrarse; fue un encuentro furtivo, pues por el azar, por el destino, volvieron a cruzarse sus caminos. Él la miró, ella fingió que no era consigo; “no había nada por decir, nada por hacer” – pensó ella. Todo había acabado una tarde de abril, el punto final a una larga y apasionante pero tormentosa historia de amor, había sido dado. Él no pensó lo mismo, se acercó y posó sus manos sobre los hombros de ella, delicadamente como en un tiempo ya lejano. Su mundo se estremeció, las mariposas volvieron a revolotear en su estómago, pero él era ya tan sólo un extraño al que solía conocer.
Sin darle tiempo de emitir palabra huyó, corrió con todas sus fuerzas y sin mirar atrás; mientras se alejaba pensaba en aquél escape como una clara evidencia de su instinto de supervivencia, repitiéndose a sí misma que no necesitaba sentir mariposas, sino tranquilidad.
NVM.

Gusano del tiempo

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Un agujero sideral en la puerta de la casa paterna. Un niño fisgón, a la caza de la verdad, decidido a conocer todo lo que sería develado. Ojos que miraron, que no debieron ver, que descubrieron, con Vallejo, el perfil de su padre y, en perspectiva, su propio perfil y el de su estirpe. La mujer soñada contonea sus caderas y las manos de su padre —tus manos, papá— la exploran, atrevidas, primero sobre la falda, después debajo de ella, hurgando en las profundidades de sus muslos, duros y tersos, objeto de mis primeros bríos de lujuria; me asaltó una erección incontenible, al tiempo que las lágrimas desembalsaron mi dolor pensando en mi madre engañada. Gusano del tiempo en la puerta de la casa.

Ese pequeño orificio en la puerta —entendí tiempo después— es el puente que nos une al abuelo, a ti y a mí, el mismísimo puente Einstein-Rosen o Khurupacha. Los tres somos los pilotes que lo sostienen. Quiero contarte de esto, viejo, antes que la maldita muerte te alcance y te aleje para siempre, y que nos devoren los insondables abismos en los que caminamos extraviados. Solo así podré descansar mi propia muerte. Me entero que anuncias la venta de la casa; debiera alegrarme, pero son cuarenta y cinco años de vida y sus múltiples extensiones comprimidos en ese agujero del tiempo, el gusano que ha devorado años, lustros, siglos quizá...

Al explorar en las tradiciones del Cusco, encontré que, para asegurar la resistencia de un puente, los antiguos ofrecían sacrificios que demandan los cerros: enterrar personas vivas en la base de cada pilote. Nuestro puente se ha construido fiel a esa tradición.

El primer sacrificio fue el del abuelo, cuando tú tenías solo tres años. En tu recuerdo infantil de esa fría madrugada en Utunsa, tu padre (o su espíritu) se sentó sobre tu pecho, aplastándote, impidiéndote respirar, desesperándote mientras tu abuela dormía a tu lado, plácidamente, en la amplia cama; ni se enteró. El abuelo se despidía así de ti. Ese fue el momento en que su destino lo lanzaba bajo la estructura del primer pilote; moría y te dejaba en la orfandad, ofrendando a los apus no solo su vida, sino también la tuya. Extraño e injusto sacrificio de un inocente. Quizá por eso renegaste contra todo lo andino y abrazaste el rock and roll y a Elvis Presley y la casaca de cuero y te emborrachaste con Bukowski para ser un jijuna gramputa: “ahora estoy aquí sentado/ borracho./ soy/ una serie de pequeñas victorias/ y grandes derrotas”. Tu dolor desde entonces fue de un alcance infinito y deambulaste, buscando el escape a esa condena en el alcohol y el sexo. No pudiste huir.

Llegó el tiempo en que la tierra requirió un nuevo sacrificio. El segundo pilote estaba por ejecutarse, era tu turno. Llegó el día sin siquiera imaginármelo, en que la muerte te tendería una emboscada, pero tu vida eludió ese encuentro ineluctable, había demasiada vida en ti, pese al enfisema pulmonar que te llevó al hospital algunos meses, tiempo durante el cual no dejaste de fumar las cajetillas de Winston, porque de algo hay que morirse, decías. Mi curiosidad —los ojos fisgones de ese niño— quebró esa línea del tiempo a través de aquel agujero que me instaló en ese limbo de la erección y el llanto, aquel día en que luego de hurgar entre las piernas de la mujer deseada y sus caderas, la colocaste delante de ti, tus manos estrujando sus tetas cobrizas, apetecibles, enormes y firmes, la penetraste una y otra vez en repetidas embestidas, hasta que explosionaron de placer; el orificio me permitió ver ese tiempo. Vi mi propia muerte. Tenía que ser tu muerte, pero la guadaña segó mi vida. Caí en un vacío oscuro, mudo testigo de mi propio sacrificio, enterrado vivo en medio de convulsiones y fiebre.

Ahora que anuncias que venderás la casa, sé que el agujero quedará en esa puerta. Ya no podré observar el pasado y el futuro; quedaré atrapado en el presente.

¿Qué será del tercer pilote?, ¿habrá llegado la hora de su ejecución?, ¿exigirá la tierra nuevas vidas? Quiero demoler este puente y ahorrar dolor a nuestra estirpe. Vago, sin embargo, disoluto. Quiero escapar, viejo, pero mi muerte ya antigua me sigue atormentando y te culpo y culpo por ello. Como si nuestros universos paralelos se tocaran e implacables sentencias nos siguieran condenando: nos mataron los excesos, nos anularon para la vida. Todo lo que increpé o maldije en ti se ha vuelto contra mí en un espejo quebrado en mil pedazos: “Basta, corazón, no llores/ tu vida no tiene remedio/ tu vida no tiene perdón, corazón”. Vi a través del Khurupacha cuando el tío Meg, joven y portentoso tú, disparó su Luger en tu pecho, te vi morir; remolinos del tiempo, te vi después, anciano, desfallecer y me vi, angustiado, cargándote en mis brazos, luchando por salvarte. Viajo por algún tiempo que no conozco, que apenas adivino, y creo entender, mientras me atrapan las piernas de esta mujer, cuál es el hilo común que teje nuestros caminos. La vida sigue y me convoca, pero mi muerte antigua me tiene atado a las profundidades de la soledad.

Mis manos exploran el cuerpo de la mujer desconocida y se arremolinan en mí la fogosidad y la náusea, quiero parar, huir, pero el calor de su caverna me atrapa como el canto mítico de las sirenas en las lagunas altoandinas; y yo sigo adentrándome en ella, ciego, la mitad del cuerpo sumergido en las gélidas aguas. Debo dinamitar este puente, el vértigo se apodera de mí. Despierto. Corro para escapar de este embrujo, mientras me acuchilla la idea de que alguien —no sé si mi hijo, el abuelo, o tú o yo— observa, a través del mismo orificio, el delirio que encarno ahora y presiento, casi como un estertor, que el indiscreto observador está cayendo en el hoyo del tercer pilote.

Cuando abrió los ojos, creo el mundo.

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Cuando abrió los ojos, creó el mundo
Y se dio cuenta, que el mundo no lo había creado él, que el mundo lo había creado a él, y que no era nada más que un títere, condenado a irse a dormir, y luego a despertar.
Y se fue a dormir.
Y despertó.
Y entonces...
Cuando abrió los ojos, creó el mundo.

Microrrelato de un sencillo mortal.

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Cuando abrió los ojos, creó el mundo por medio de una gota fría al rodar su mejilla bajando hasta la barbilla, su vista dirigida al frente, un espejo reflejaba el intento de buscar esperanza en lo rojo de sus ojos, en lo blanco de su piel y en la sequedad de sus labios, todo en sí consumido por la tristeza de una felicidad. ¿Propia o ajena?, más bien como uno de esos boleros viejos que desgarran las pieles del corazón y que mantenga su latir en tiras a guía de la soledad de un alma enamorada.

Psycho Killer

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Cuando abrió los ojos, creó el mundo…

Se sentó en la orilla de la cama y se quedó inmóvil, poco a poco regresaron todas las imágenes de lo que había pasado la noche anterior.

Él estaba ahí en la orilla de la barra, solo, esperando a alguien, no era la primera vez que ella lo veía, no era la primera vez que ella lo deseaba.

  • ¿Me aceptas un ron? Preguntó ella.
  • Que sea mejor un Whisky −. Replicó él.

Si fue el alcohol o la soledad, solo ellos lo podrían responder. Mareados se entregaron a los besos, más tarde en una habitación le dieron rienda a los excesos.

7:00 am, sonó la alarma. Era momento de vestirse e irse a “trabajar”, a seguir rodando, a buscar una nueva oportunidad… Esta vez sería la frontera, esta vez sería otro bar. Los hombres de su ciudad y su agonía lenta no la seducían más.

Costado

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Cuando abrió los ojos, creó al mundo. Sintió al costado punzar y a la sangre fluir. Miró sus contornos, mientras conoció el sabor de la sal en la boca.

Con jadeos, subió la cabeza. Despertar era una abominación: sentía el hambre del cuerpo y las carencias del alma. Los bichos siguieron sus pasos, las arañas oscuras conocían sus pensamientos y tejían sus redes con ellos. No valía la pena tan triste creación: cerró su luz y el dolor del costado también desapareció.

Fin

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Cuando abrió los ojos, creó el mundo y terminó su miseria. Todo era tan fácil como respirar profundo y ver las formas que se forman en sus pupilas para aliviar su dolor.

Jamás había creado algo. Su vida era un simple dejarse llevar por la corriente, su tristeza se apoderó de su mente y nunca pudo hacer nada más que existir. Pero la existencia le pesaba.

Hasta que una obstrucción en su corazón hizo que abriera sus ojos.

Levántate

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Cuando abrió los ojos, creó el mundo. Su cuerpo flotaba etéreo. La luz era de un cálido rosa y el dolor de vivir la vida no existía. Caminar con la mente en blanco le resultaba confortante. Creyó escuchar la voz de un ángel: levántate.

Luego el malestar le vino de la boca del estómago. Un fuerte zumbido se hizo presente y los oídos se le llenaron de ruido blanco. El estómago apuró a los esfínteres. Dos tornados se formaron a su costado y le hicieron perder el equilibrio. Su centro de gravedad desaparecía. ¡No me quiero morir!

Cuando abrió los ojos, el mundo seguía ahí, pero con un suicida menos.