Avennir

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Makay, la Muerte y el dragón blanco.

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En una época perdida en el tiempo, en algún lugar en el medio del único y gigantesco océano del mundo, había una tierra que guardaba todas las maravillas. En ella podían encontrarse grandes praderas llenas de pequeñas flores de todos los colores que se mecían al ritmo del viento bajo un cielo despejado, bosques frondosos y exuberantes de vida y peligros inimaginables, impresionantes montañas con picos nevados y acantilados imposibles de sortear o escalar, inclementes desiertos donde el sol quemaba sin piedad todo ser vivo que osara cruzar por sus arenas. Esta grandiosa Tierra de nombre Tiamatan, era hogar de muchas tribus de hombres hermosos. Con la tez morena, ojos azules y cabello negro. Todos, desde hombres y mujeres, hasta niños, eran la imagen de la perfección.

Una de estas tribus, cuyo nombre era Mákara, tenía como líder a un hombre llamado Makay. Del cual se decía que era inmortal, pues ni siquiera los hombres más viejos, a sólo un paso de la muerte, arrugados por los años pero con los ojos todavía vivos y enérgicos por la dura vida de trabajo que habían llevado, no podían recordar a otro líder que no fuera el aún joven Makay. Con sólo mencionar su nombre, los hombres de otras tribus temblaban de miedo y las criaturas más salvajes huían presas del pánico.

Makay era alguien sencillo, se vestía como cualquier otro hombre de su tribu, con un pantalón de piel marrón y su musculoso pecho al descubierto. Su cuello sostenía un collar lleno de garras y colmillos de aspecto exótico y misterioso, nadie más que Makay reconocería a los dueños de dichos trofeos. Existían muchos rumores sobre el origen de ellos, muchos cazadores fantaseaban día y noche con bestias poderosas y legendarias siendo abatidas por el todopoderoso Makay. También llevaba una lanza de madera fuerte y flexible que respondía al nombre de Colmillo Veloz. En su asta, podía verse dibujado con un detalle increíble una figura roja de un diente de sable. La punta de la lanza era un colmillo de la misma bestia inscrita en el asta, que el poderoso guerrero había matado en su juventud.

Las leyendas sobre este hombre y sus hazañas eran innumerables, había ganado guerras con su fuerza, matado a las mayores y más peligrosas bestias, se había enfrentado a ejércitos enteros de hombres, y todo aquello sin recibir siquiera una sola cicatriz ni herida. Un guerrero inmortal e invicto, un dios de la guerra.

Pero Makay estaba aburrido, hacía mucho tiempo que no disfrutaba de una buena pelea, nadie estaba a su altura. Él, que siempre había vivido buscando la emoción de la batalla, añoraba  esa sensación de saber que cualquier error podría costarle la vida, esos momentos donde su cuerpo reaccionaba por reflejo a los movimientos del enemigo esquivando a la muerte por unos centímetros y la sensación de acabar con la vida de un rival formidable con su propia fuerza. Para él, una batalla era una especie de ritual en donde cada parte entraba en un trance y bailaba con la Muerte, un baile mortal en donde un mal paso es el final de todo. Él vivía para ese baile, cortejaba con la Muerte. Pero esos días habían acabado, había bailado tanto con la Muerte que la había conquistado, ya no envejecía.

Un día, cansado ya de una vida sin emociones, decidió partir de su tribu en busca de la Muerte para que le respondiera ciertas preguntas, también era una forma de aliviar su aburrimiento, pues ardía de deseo por encontrar nuevos retos y volver a bailar con su amiga la Muerte, momentos que aprovechaba para preguntarle ¿Por qué no envejezco? ¿Qué he hecho yo para que me trates diferente? La Muerte, sólo le sonreía con su esquelética cara y nunca le respondía, sólo bailaba. Makay, decidido a arrancarle una respuesta a su compañera de baile, siguió viajando buscando más y más retos.

Su viaje le llevó a seguir antiguas leyendas que hablaban de un antiguo dragón. Por fin, luego de muchos días de búsqueda, encontró su guarida en una enorme cueva que debía medir seis metros de alto y ocho de ancho. Emocionado ante un nuevo combate, se adentró rápidamente en la caverna. Su vista se perdía en la oscuridad mientras avanzaba paso a paso, y mientras avanzaba podía sentir cómo se afilaban sus sentidos. Su mente se preparaba para entrar en el maravilloso trance. Pronto escuchó una respiración, era larga y profunda. A su alrededor podía sentir la oscuridad vibrando y pesada como si se hubiera transformado en un espeso líquido. No tardó en ver una luz a lo lejos, tenue y titilante pero que guiaba sus pasos.

Al final, la cueva se ensanchó aún más y se encontró cara a cara con un dragón dormido. Estaba acurrucado ocupando la mitad de la cueva, era enorme y de color blanco. Makay recorrió con la vista la magnífica figura, observó los cuernos negros y torcidos sobre la gran cabeza que parecía un enorme cocodrilo, la luz que veía era un pequeño fuego que salía de las narices de la bestia y que iluminaba la cueva y teñía todo de un lúgubre tono rojizo y el cual crecía y se achicaba en compás con la respiración del dragón. Tenía un cuerpo esbelto y musculoso para una criatura de su tamaño, sus alas estaban plegadas sobre su espalda y su cola enrollada de forma que no podía decir qué tan larga era.

Decidido a tener una pelea, dejó escapar un potente grito que rebotó en las paredes con un eco abrumador, como si no fuese un hombre el que gritara, si no un ejército. El dragón se despertó enseguida y se irguió majestuoso sobre él. Sus ojos eran de color rojo sangre y miraban a todas partes, tratando de detectar a los otros hombres que había escuchado.

Cuando cayó en la cuenta de que solo había un enemigo, se irguió y desplegó sus enormes alas enojado ante tal atrevimiento. Makay sintió que el baile había iniciado y rodó por el suelo esquivando por unos centímetros el mortal aliento de fuego que había exhalado el dragón luego de un leve movimiento de la cabeza.

Se levantó rápidamente y por instinto sostuvo con firmeza la lanza frente a él, bloqueando un poderoso golpe de las garras del dragón. Colmillo Veloz crujió bajo el esfuerzo, pero a pesar de ser de simple madera, resistió contra todo pronóstico la embestida de la bestia. Sin embargo, el golpe mandó a volar a Makay. Cayó al suelo y se levantó enseguida mientras gritaba con rabia, estaba completamente ileso así que volvió a arremeter contra la bestia. El dragón, sabiendo que él podía bloquear sus golpes, decidió usar su larga cola para sujetar la lanza e intentar arrancarla de sus manos, pero él se resistió y con una sonrisa agarró la cola del dragón y jaló con todas sus fuerzas. Las venas en sus brazos se marcaron y su cara se contorsionó por el esfuerzo, pero levantó al dragón y lo azotó contra la pared. No le dio tiempo a repetirlo pues el dragón repentinamente retiró la cola en un movimiento abrupto y rápido como un látigo. Tomado desprevenido, Makay soltó la cola y perdió el equilibrio por unos segundos. La cola le azotó el pecho con fuerza en un repentino contraataque y lo mandó a volar.

Cayó al piso varios metros atrás y escupió sangre, en todos sus años peleando jamás le habían herido, pero al fin alguien lo había conseguido. Podía ver la cara de su amiga la muerte decepcionada y creyó escuchar un susurro a lo lejos.

—Demasiado débil, tú no eres así de débil—.

Él se levantó un poco aturdido, tardó un breve instante en ubicarse y se dio cuenta de que el dragón ya estaba encima de él. Toda su experiencia le ayudó en ese momento, movió la lanza tan rápido que cortó el aire en su camino y la dirigió hacia el vulnerable pecho del dragón, pero la bestia vio venir el golpe y bloqueó con su brazo confiando en que las gruesas escamas de este le defenderían. La lanza atravesó las escamas y se detuvo a medio camino en el hueso. El dragón movió el brazo mientras chillaba de dolor y el movimiento partió la punta de la fiel lanza. Makay observó horrorizado cómo la figura del diente de sable en el asta rugía de dolor. Mientras que la madera, pulcra y lisa y de un sano color marrón, envejecía y se podría en segundos en sus manos. Colmillo veloz, herido de muerte, había perdido su alma y se había convertido en madera normal y corriente, envejeciendo rápidamente debido a todos los años que cargaba encima. Ahora era sólo un palo de madera podrido y deteriorado.

Mientras el dragón agonizaba por la herida, él dejó la lanza en el suelo con mucho cuidado, había perdido la cuenta de los años que llevaba luchando junto a su lanza, un regalo de su padre en un época remota, ambos habían luchado y se habían vuelto más fuertes juntos, un terrible cansancio le cayó sobre los hombros.

La Muerte le miraba, molesta por el interrumpido baile, pero a él ya no le importaba. Se levantó y miró a la Muerte a la cara, escuchó los gritos agonizantes del dragón que intentaba sacar el colmillo de su brazo sin mucho éxito y trató de ignorarlos mientras le preguntaba con sinceridad a su vieja amiga.

—¿Por qué no envejezco como los demás? ¿Por qué tengo que seguir viviendo cuando estoy cansado y sin ganas de seguir adelante?

La Muerte le miró fijamente unos segundos y luego le respondió,

—Makay, nadie escapa de la muerte, hasta los seres inmortales se cansan de vivir y terminan desapareciendo. Tú sólo eres un mortal, pero has bailado conmigo incontables veces, te has escapado de mis garras una y otra vez.

La Muerte dejó de hablar unos segundos mientras le sonreía a Makay.

—Eres el ser más odioso que he conocido, no importa cuánto bailáramos, nunca cometías ni un solo error. Mientras más tiempo pasaba contigo más ganas tenía de derrotarte en tu propio juego.

Otra pausa, pero esta vez la muerte había dejado de sonreír y ahora el aire se había vuelto pesado.

—No dejaré que mueras de viejo, no te reclamaré de esa forma, algún día  miraré con gusto cómo encuentras un rival que te lleve a tu fin, te derrotaré en un baile.

—Pero estoy decepcionada, jamás pensé que ese dragón pudiera siquiera herirte, te has vuelto débil, tal vez sí estés cansado, tal vez sí necesites un descanso.

La Muerte volvió a dejar de hablar, sus últimas palabras estaban teñidas de decepción. Esta pausa sirvió para que Makay procesara lo que había escuchado, ¿La muerte había dicho que se había vuelto débil? ¿Cuándo? ¿Cómo? Se preguntó el herido orgullo de Makay. Trató de apartar esas preguntas de su mente y en cambio preguntó.

— ¿Y no temes que en mi cansancio me deje matar o simplemente acabe con mi vida? ¿Por qué tantos problemas si podrías simplemente acabar con todo ahora y dejarme morir?

La muerte volvió a sonreír y le dijo:

—Puedes cansarte de vivir, y puedes dejar que te maten en combate, pero... ¿No sientes curiosidad? ¿No te das cuenta de la oportunidad que le doy a tu alma guerrera? ¿Habrá afuera algún enemigo capaz de vencerte en batalla?— luego la muerte rio con ganas y le dijo:

— ¡Ve y averígualo!

Esas palabras fueron como si le golpearan la cabeza con un martillo. Su alma guerrera, adormecida por el aburrimiento y el dolor, volvió a arder y su sangre comenzó a hervir. Sintió que el cansancio se desvanecía, soltó un grito de guerra al aire, y le dijo a la muerte:

—Parece que me conoces bien vieja amiga, mejor que yo mismo, ¡trato hecho!

Y luego corrió hacia el desgraciado dragón y aprovechó su dolor para darle un golpe en la mandíbula, sintió como el poder recorría su cuerpo hacia su puño, un poder que reconoció, siempre había luchado con él en todas sus batallas, era su propio e irresistible poder destructor, ¿Cómo podía haberlo olvidado? El sello se había liberado. Ese dragón, desde el principio, no era un reto, pues él era el dios de la guerra invencible.

El golpe rompió la mandíbula del dragón y arrancó varios de sus colmillos, otro golpe a la cabeza bastó para acabar con la pobre criatura. La batalla había terminado, Makay perdió la emoción de la victoria demasiado rápido. El baile había acabado y la muerte no se veía por ninguna parte. La única luz que procedía del dragón se había apagado y ahora todo estaba a oscuras. Salió de la cueva tanteando el terreno y una vez fuera buscó en las cercanías materiales para fabricar una antorcha. Una vez con una fuente de luz, volvió a la caverna y recorrió con su vista el enorme cuerpo del dragón mientras pensaba cómo aprovechar toda esa carne y huesos. pero al observar los restos de su lanza en el suelo tuvo una idea.

Recordaba cómo había sido fabricada su primera lanza, Colmillo veloz, su padre utilizó un colmillo de dientes de sable que Makay había matado a los 15 años amarrándolo a un asta de madera y luego, en un ritual secreto propio de su tribu, había forjado un arma con alma propia.

Se acercó al dragón y revisó su boca, luego de unos segundos encontró lo que buscaba, un colmillo de dragón milagrosamente completo luego del golpe. Con un pequeño cuchillo afiló con dificultad el colmillo hasta que sirviera como punta de su lanza y luego lo usó para cortar y extraer uno de los delgados y flexibles huesos del ala del dragón. Con su fuerza, rompió el hueso y lo adecuó al tamaño de su vieja lanza y luego cortó una tira de piel de dragón y amarró firmemente el colmillo al hueso. Acto seguido, acumuló litros de sangre de dragón en una gran trozo de piel y lo vertió en otro trozo de piel que él previamente había colgado en la entrada de la cueva, finalmente, sumergió la lanza en el líquido.

Fue al bosque cercano y creó cinco antorchas, las cuales unió todas amarrándolas a un trozo de madera. El resultado fue una gigantesca antorcha que parecía el esqueleto de un abanico. Esperó durante cinco días, dejando la lanza reposar en la sangre. En la noche del sexto, se acercó con la gran antorcha y cantó una canción tan antigua como el propio mundo mientras prendía las cinco cabezas de la antorcha. La levantó en el aire y dejó de cantar. El silencio de la noche cayó sobre él, incluso los insectos y pequeños animales del bosque parecían respetar este sagrado silencio. Luego sumergió la antorcha y todo quedó a oscuras.

Makay esperó con paciencia hasta que una sanguinolenta luz apareció. La sangre comenzó a hervir, provocando la aparición de gigantescas burbujas. Una de aquellas burbujas creció y creció hasta ser enorme. Cuando explotó, de su interior apareció una luz. La luz estaba formada por miles de delgados hilos brillantes. Los cuales se separaron y volaron a su alrededor. Luego comenzaron a juntarse, amarrándose de diversas formas y creando una pequeña figura. Era un dragón, muy parecido al que acabada de matar, tan detallado y real que era casi una copia. El pequeño dragón revoloteó a su alrededor con alegría y luego fue al trozo de piel en la entrada de la cueva. La sangre había desaparecido en algún momento, solo quedaba la lanza en la piel. El dragón aterrizó sobre el arma y luego se fusionó a ella. La blanca lanza ahora exhibía un magnífico dibujo de un dragón en el asta. Makay la sostuvo entre sus manos,  pudo sentir el poder de su nueva compañera, el alma salvaje de un dragón que habitaba en su interior. Cuando la blandió con fuerza, el aire se apartó de su camino dejando a su paso el sonido de un poderoso rugido.

Makay sonrió encantado y luego miró el suelo, en donde había enterrado a Colmillo Veloz mientras esperaba a que su nueva arma se terminara. Sostuvo el nuevo trofeo en su collar, una alargada y negra garra. Cerró los ojos y volvió a rememorar los últimos momentos de su mejor amiga. Luego se arrodilló delante de la tumba y le agradeció por todo.

Se apartó y sostuvo con fuerza la nueva lanza, no tuvo que pensar un nuevo nombre puesto que le vino uno a la cabeza instintivamente, el Terror Blanco. Un nombre que haría temblar a sus enemigos tanto como el suyo propio.

Con todo preparado, comenzó su largo viaje en busca de un rival que le superara, que lograra matar al invicto dios de la guerra. Y así es como aún hoy en día él vaga por todo el mundo buscando cualquier pista que le guíe hacia su destino como guerrero mortal, una muerte honorable en batalla.

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