Andrés Pirela

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Farol Ciego

Andrés Pirela

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—La vida es incertidumbre. —Se dijo un viejo.

Se hallaba en medio de una oscuridad profunda, sin sentido, sin orientación, sin guía. La venda de confusión que cargaba en sus ojos se complementaba con las sombras que lo tenían perdido. No sabía qué hacer, no sabía cómo actuar, no sabía qué decir, solo vivía los momentos de sus decisiones. Portaba en su mano un farol dormido, el cual despertaba cuando su dueño hallaba compañía, y su cálido deslumbramiento era del agrado de todos. El viejo vendado a lo largo de su vida se topó con otros ciegos en la incertidumbre, sin embargo, su compañía era un constante vaivén de olas. La única señal que le decía que iba acompañado era su farol despierto, reemplazando su ceguera de tinta por una de cera.

En el transcurso de los años, el viejo vendado se cruzó primero con un amigo, quien le agradeció por orientarlo hacia el sentido al que tenía que ir. Después, se topó con una mujer acompañada de un ciego de otra sangre y un pequeño que era la suma de ambos. Al percibir el farol, supo que era el viejo al que deseaba agradecerle por su ayuda, entonces lo alabó con bellas palabras.

Tras perder la presencia de todos los que se cruzaron, el anciano se preguntó cómo supieron el camino hacia sus destinos, si todos se hallaban tan extraviados en las tinieblas como él. Como deseó conocer el sendero de su propio destino, le pidió a su farol que siguiera dando luz, aún si los dos estuvieran solos, entonces él le dijo:

—Pero si permanezco encendido te perderás de muchas cosas.

—Eso que dices no es del todo seguro, quizás sea la respuesta a mi problema, no lo sabremos a menos que se intente. —Respondió el anciano un tanto desesperado— Vamos, apiádate de mí, que he vagado sin rumbo por mucho tiempo.

—Cumpliré tus ansias, pero ya estás advertido.

El farol se encendió y el ciego continuó su camino, confiando que el resplandor absoluto lo guiaría hasta la dirección que tanto anhelaba. Avanzó un paso tras otros contando. Uno, dos, tres. Uno, dos, tres. Los números lo ilusionaban, como si estos fuesen ovejas que supieran el camino de regreso a su rebaño, se imaginó a sí mismo como un cordero extraviado que finalmente iba en camino a casa.

Sus sentidos se encerraron en esa fantasía, no se percataba del cansancio que sufría su cuerpo, pues su mente ignoró lo mucho que había caminado. Siguió poniendo su fe en la luz, lo cual preocupó al farol, pues se trataba de la ceguera más peligrosa de todas; la de la desesperación. Una ceguera de ese tipo llevaba a los más buenos hombres a tomar las peores decisiones, y el compañero luminoso no quería que el anciano tuviese un trágico final.

Él estaba decidido a abandonar su resplandor, aún si eso significaba dejar a su amigo en la sombras, pero en el fondo tenía miedo, porque no solo perdería su luz por siempre, también creía que su compañero lo abandonaría. Tres, dos, uno. Tres, dos, uno. Tres, dos, uno. Los números también se cruzaron con su mente, eran la cuenta regresiva para que cumpliera con su decisión, sin embargo, la repetía una y otra vez, su miedo reiniciaba el conteo porque aborrecía al cero; ese número era el abismo; esa cifra era la muerte.

Los dos se vieron atrapados en un ciclo interminable de números, ninguno halló salida para acabar la ilusión y el tormento… Hasta que unos brazos se posaron sobre los hombros del viejo, y una mano bajara la intensidad de la llama luminosa del farol. Cuando los compañeros se percataron de lo que ocurrió, cuatro ciegos vendados más estaban con ellos, dos eran mujeres y dos hombres. La mujer mayor tomó de modo gentil el brazo del anciano, diciéndole:

—Mi amor, gracias al cielo, por fin reaccionas. Tenemos rato acompañándote y no respondías.

— ¿Qué? ¿Quiénes son? —Preguntó el viejo sorprendido.

—Tu familia, papá. —Intervino la mujer más joven junto a los dos hombres— Tu esposa e hijos.

—No me digas que ya lo olvidaste, amigo. —Dijo el farol— Intentaste hallar un sendero seguro, para que tu familia no sufriera por la incertidumbre. Que mal que terminaste perdiéndote, pero también es tu culpa por cargar con todo ese peso tú solo. Compañero, en el tiempo que llevo contigo, veo que todavía no has aprendido algo importante.

— ¿Y se puede saber qué es? Yo solo quería saber hacia qué dirección ir, ¿tienes idea de lo frustrante que es pasar tantos años perdido en la oscuridad y que todos sepan su destino menos tú?

—Papá, tú mismo caíste en diferentes cegueras. —Respondió el hombre más joven— A pesar de que no podíamos encontrarte, podíamos oírte. Hablabas mucho sobre el resplandor y las sombras.

—Después te hallamos gracias a tu luz, pero te notabas ausente, como si negaras lo que no querías ver o sentir. —Agregó el hombre más grande.

—Papá, la vida no puede guiarse bajo pura luz u oscuridad, sino en una mezcla de ambos. Ahora que estamos contigo, ya todo está claroscuro, y creo que con esta iluminación puedo verte por primera vez después de tantos años. —Dijo la mujer joven.

El farol permaneció callado, se sentía feliz por ver la expresión de alivio del anciano, parecía como si las dudas de su corazón se esfumaran. Y la hija le quitó las palabras de la boca, pues quería decirle a su compañero que con la guía del claroscuro la vida sería menos dura. Entonces, siguió iluminando con su tenue luz el vacío sombrío. La familia se dio un fuerte abrazo y todos caminaron en la misma dirección, sin que faltaran los regaños de los hijos por la preocupación que les generó su padre.

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