Ale Naro

Ver perfil y obra

Un encuentro con el amor.

Ale Naro

53

4

Hace ya un par de años fui inevitablemente quebrantada por las facetas del amor. En un principio se manifestó muy afable, y a su vez incontrolable, ya estaba ahí, me había tomado por sorpresa y era demasiado inocente para comenzar a hacer conjeturas sobre aquello. Así pues, fue como estaba sumergida en aquella inexorable situación.

Los latidos de mi corazón  se hacían frecuentes al sucumbir ante su presencia, mi cerebro comenzó a hacer su trabajo; liberaba endorfinas y todas esas segregaciones que nos hacen sentir de maravilla, sentía como la sangre caliente recorría mis brazos y podía escuchar mis latidos, mis manos temblaban y todo era bello estando en aquella atmósfera romántica.

Poco a poco fui sintiendo aquella necesidad de ese amor. Sumergida en aquella ola de emociones, cerraba los ojos y dejaba que la marea me llevara a donde quisiera. Respiraba el aire ligero de un día de verano y dejaba que el sol iluminara todo mi rostro, como si él mismo estuviera dándome besos cálidos y apacibles. Los días transcurrían, ese mundo perfecto llamado amor, cada día me parecía más sublime, veía belleza en todo. Las flores crecían al rededor de mi jardín romántico, olía a tulipán y a rosas, la fuente del amor desbordaba agua pura y leal y yo me bañaba en ella, danzaba entre la brisa y dejaba que poco a poco me empapara.

Los días transcurrieron y el amor ya no se mostraba tan afable a muchas situaciones, se cansaba y se aburría con los cantos que entonaba, yo trataba de dibujar su rostro y él ya no se quedaba quieto, notaba que la mirada le había cambiado; ya no quería jugar más. Compré más flores, le escribía poemas y componía canciones, al amor pareció incomodarle eso, ya no quería más poesía ni flores.

Poco a poco el jardín comenzó a deteriorarse, la fuente dejaba de desbordar agua y comenzó a gotear lentamente, el pasto húmedo también comenzó a secarse, parecía que el tiempo de sequía había llegado, los ánimos del amor disminuían y por ende; los míos. Le reprochaba al amor el descuido del jardín pero a él no parecía importarle mucho. Pronto el amor no se asomaba por mi ventana, a veces lo hacía pero con apariencia intranquila, unos días se desaparecía y otros no reía.

De pronto, tuve una idea, fui al mercado a comprar cosas para reparar el jardín, optimista, compré las flores más hermosas y conseguí el agua más pura. Tomaba sutilmente las flores y las plantaba en el jardín, las regaba y esperaba que el sol llegase para poder darles sus nutrientes. Tuve paciencia, pues era un proceso lento. Muy engallado llego el amor, al ver esto, sonrió. Ahí pensé que nuevamente el amor estaba contento y comencé a recitarle poesía, él seguía con aquella sonrisa con la que me enamoró. Seguí como de costumbre, bailando aquí y allá, a ritmo de la sinfonía de una fiesta medieval.

Así de pronto, todo parecía mejorar en el jardín, pero cuando llegué a regar las flores, un espantoso sonido de violines y roedores se apoderaron del jardín, yo corrí desesperada viendo las atrocidades cometidas, no podía creer lo que mis ojos veían, "Es una pesadilla, es una pesadilla..." me repetía una y otra vez, las nubes comenzaron a formar un nimbo gris y aterrador, caían gotas de un espesor increíble. Yo, entre sollozos y murmullos exclamé por el señor amor, y él no se veía venir por ningún lado.

Por fin llegó y  yo con aires de esperanza me erguí ante su presencia, él se veía exhausto y sin más pasiones, soltó un suspiró y me dijo que tenía que marcharse y no podía más ayudarme con el jardín, yo, no encontraba razón en ninguna de sus palabras, me sumergí en el abismo de mis pensamientos y comencé a llorar desolada.

Así fue como el amor se alejo de mi, y entré en aquella y confusa existencia, nada me emocionaba y todo el cuerpo me dolía, no veía flores ni alegrías, me encerré en el mar de emociones negativas y dejaba que me ahogaran. Desee tanto el no haberme encontrado con el amor y me repetía a diario lo ilusa que fui.

Pasado el tiempo, me encontraba en una nube que poco a poco se fue haciendo suave y tranquila, volví a recuperar el aire ligero y exhalaba muy apacible. Abrí lentamente los ojos y miré el jardín diáfano y renovado sólo para mí. Con osadía prometí no volver a dejarme vencer por las tribulaciones y ser más fuerte ante la próxima llegada del amor.

Deja tu comentario